Frankenstein: el monstruo

Sé que este libro no parece ser el más original para recomendar. Sé que todos, o la mayoría de nosotros, conocemos (o creemos que conocemos) esta historia: hemos visto las películas, los más viejos veíamos La Familia Monster, y algunos tuvimos que elegir, en la secundaria, entre leer Drácula, de Bram Stoker, o leer Frankenstein, de Mary Shelley. Yo elegí el primero, claro, y crecí pensando que era suficientemente culta si sabía que Frankenstein era un monstruo creado por un loco con partes de cadáveres.  Con esa información bastaba para comentar si el tema surgía en alguna conversación.  O, uno podía exclamar: “It´s alive!” (“¡Está vivo!”… La frase más famosa de la versión cinematográfica de 1931, dirigida por James Whale) y salir del paso.

 

Hoy los monstruos están de moda, sólo que son guapos, adorables y populares. Pero esto no fue siempre así … Los vampiros que hoy habitan las pantallas de cine (con piel de diamantes, coches último modelo y ropa Armani), son tataranietos de Nosferatu (aunque él renegaría de ellos). Y Nosferatu era malvado y feo como una rata rabiosa. Habiendo ya agotado toda la literatura vampírica, recurrí a Frankenstein. Lo primero que deben saber es (y este dato está en varias trivias que me han llegado por mail) que Frankenstein es el apellido del doctor que crea al monstruo. El monstruo es llamado, simplemente, “la criatura”.

 

Esta historia, que en primera instancia pareciera ser de ciencia ficción, ha conmovido profundamente mis fibras más humanas. Un hombre juega a ser Dios y logra dar vida a una criatura formada de un montón de huesos. La autora ni se molesta en dar una explicación científica de cómo se logra esto (lo siento, científicos amateurs). Con lo que no contaba Viktor Frankenstein, es que con la vida viene el alma. Y el monstruo tiene alma, ansía ser amado y huir de la soledad, como todos los individuos. ¿Qué responde el creador, el Dios, a su desamparada criatura? Que es un engendro, que era sólo un experimento, un error. Que se olvide de la compañía humana e incluso de la posibilidad de una compañera similar a él con la que esperar la muerte, que como a todos, alcanza también a los engendros.

 

¿Sorprende, entonces, que la criatura se vuelva vengativa, rencorosa? Viktor intentará olvidarla, ignorar su existencia como si así pudiera ocasionar su desaparición. ¿Por qué este abandono? El engendro, mostrando una lógica y una humanidad indiscutibles, intentará dialogar con Víktor, sólo para ser ignorado en cada ocasión. Y un monstruo fuerte como una manada de toros, tiene recursos para llamar la atención de un científico, y lo hará. Quizá la culpa de haber dado vida a una criatura que estaría desde el principio condenada al sufrimiento es tanta, que se vuelve inmanejable. Pero quizá hay una maldad más pura que el deseo de venganza del monstruo, que de cierta forma, es un niño que llama la atención de sus padres con sus travesuras, diciéndose “si me regañan, les importo”. Y esta maldad es la maldad humana, la negligencia ante el dolor ajeno, que nos hace preguntarnos quién es en realidad el monstruo de esta historia. Yo me encontré echando porras al engendro, deseando que el karma funcionara, y preguntándome: ¿Quién es “el malo”? ¿Será que hay ocasiones en que dar la vida sea más cruel que quitarla?

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