Querido maldito editor:

Hoy, con tu sonrisa picarona y un poco apenada, me esperabas en la cafetería de costumbre para que, como de costumbre, no tomáramos nada. El alma yacía sobre la mesita, junto a un cenicero del que se escapaban volando motitas de ceniza enfriada. La vi desde lejos y la reconocí de inmediato, es más, la sentí latiendo desde que bajé de mi coche azul, mientras llenaba el parquímetro nerviosamente al tiempo que fracasaba en ahuyentar a un buen chiquillo de UNICEF que acabó recabando mis datos para ensartarme una donación mensual de 150 pesos que no sé en qué ayudarán a un niño. Antes de irse, me dejó un papelito con corazoncitos dibujados y su teléfono: se llamaba Abel, como un personaje mío al que he hecho sufrir sin clemencia.

 

-Así que ya acabaste- te dije, indicando así que no me interesaba darle vueltas al asunto. Dime la sentencia y ya.

 

-Ya. Y, bueno, tiene una serie de cualidades… -comenzaste. Traté de controlar mis gestos pero sé que mis cejas se movían de arriba abajo, impacientes, y que mis labios se fruncían.

 

-“Pero…”- atajé.

 

-…Y un talento que…

 

-¡”Pero”!- insistí. A mi vanidad le encantan las paletitas de dulce, sin embargo necesito el “pero” antes y las paletitas después. Tu diplomacia me causaba escozor. “Desembucha, caramba”. Toqué al alma, que seguía ahí en la mesa, y se estremeció. El contacto le molestaba como si tuviera fiebre. No la invadí más, aunque ya había sido expuesta, analizada y compartimentalizada. Nos conocíamos bien, y podía ver en sus facciones el cansancio: era la sobreviviente de un escrutinio riguroso.

 

-Pues mira… - dijiste, y me sentí retroceder con todo y silla. Habría subido mi escudo de ser gladiadora, o creado un campo electromagnético a mi alrededor de ser superhéroe, pero soy solo una escritora de ego frágil y huesos angostos y me limité a entrecerrar los ojos y ordenarme: “No te cruces de brazos, que es señal de negación, no hagas caras, no te ruborices, mantén el ritmo de tu respiración. Take it like a man. O como una mujer más fuerte que tú, que los hombres son muy chillones”.

 

No fue un tiroteo ni un diluvio de flechas encendidas: lo que me derribó eran bolas de nieve que preparabas desde tu trinchera dándoles forma con los dedos, con cariño y sin pizca de crueldad. Una vez perfectas en forma y textura, volaban por los aires en línea recta, derribando todos mis muros. No tenían prisa: se quedaban flotando unos segundos como si quisieran contemplar el horizonte antes de estrellarse y volver a convertirse en copos pequeñitos e inofensivos. Hice mi mejor esfuerzo por quedarme quieta y no cerrar los ojos: la verdad es que quería ver a la parvada volando hacia mí, pues su blancura tenía mucho de bello.

 

-Hay un crecimiento tuyo como escritora, sin embargo…

 

Plaf, bola de nieve crujiente en mi sien.

 

-... narrador cuya voz no acaba de ser clara porque…

 

Plaf, bola de nieve en el pecho. Siguieron cayendo, inocentes pero certeras, hasta que se nos acabó el tiempo y te fuiste, dejándome temblando de frío y, para colmo, asintiendo. Editor, querido editor, no te vayas y hablemos de esto. Dime que todo va a estar bien, que esta alma sigue siendo moneda de cambio y que quizá puedo comprar una juventud con ella. No nos dejes solas al alma y a mí, que ella querrá consolarme y yo querré consolarla a ella y al final los dedos torpes de ambas acabarán enredándose sin lograr nada.

 

Hojeé el texto, el alma de 300 páginas que tú leíste con pupilas incisivas, que marcaste con tintas de colores, y decoraste con caritas felices. No cabía duda: habías recorrido cada página como el campesino que camina entre sus hortalizas, arrancando las hierbas malas y alimentando amorosamente a los brotes incipientes. Los colores y las tipografías comenzaron a mezclarse. Los taches, las caritas y los signos de interrogación se tomaron de las manos y empezaron a bailar, generando una ola de calor que derritió poco a poco a la nieve que me había acribillado y que ahora se convertía en un arroyo. Abordé el texto como un náufrago que se aferra a una balsa y comprobé que aunque estaba herido, podía aguantar mi peso, que los parches en sus fisuras lo hacían más resistente, que podía beber el agua limpia sin hundirse, y sortear las rocas.

 

Navegaremos un tiempo, el alma y yo. El viento y la marea nos llevarán por rutas desconocidas, nos codearemos con criaturas extrañas, contemplaremos volcanes despiertos y estrellas prendidas. Algunas ideas permanecerán, otras más migrarán a lugares más cálidos y volverán cuando el clima sea el correcto. El alma y yo llegaremos, eventualmente, a un lugar nuevo, y con los músculos endurecidos y el corazón satisfecho, tomaremos un rato el sol. Te enviaré una postal desde ahí, querido editor, para agradecerte el boleto que me regalaste para este viaje.

 

Gracias por interesarte por mis engendros con la misma pasión que yo, gracias por tu inteligencia, tu tiempo, tu dedicación, objetividad y rigor. Y claro, gracias, querido editor, por las paletitas. Como a Duvalin, no te cambio por nada.

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