Ciclos literarios

09/18/2016

 

ETAPA 0: La Orfandad

 

La etapa de promoción de una novela suele ser extraña para mí, pues casi siempre estoy hablando de una historia en la que ya no habito y, también casi siempre, estoy huérfana de novela mientras esto sucede. Es como estar entre novios o entre libros: sigues pensando en el de atrás, aunque sabes que tu tiempo con él terminó, pero no puedes concebir al siguiente y esto trae una sensación de desasosiego que a veces se me vuelve insoportable y que en turno me vuelve insoportable a mí. 

 

 

A menudo me preguntan cómo me inspiro, o sea, cómo sucede que una hoja en blanco se torna en otra cosa, y aunque quisiera hablar de las musas, la magia y la inspiración, estoy dándome cuenta de que comienzo a escribir por una necesidad nacida de un estado desagradable. Tengo que escribir e incluso los descansos cortos traen un malestar que puedo describir como la sensación perenne de que algo se me está olvidando. Sí: cargo con una incomodidad que no se calma ni leyendo, ni corriendo ni viendo la televisión, que no se sacia atascándome de pastel ni teniendo conversaciones inteligentes ni "descansando", cosa que supongo necesaria para cualquier proceso de recuperación: uno termina con el novio y para saber qué busca en el siguiente es imperativo esperar un poco, replantearse, o en el caso de la literatura, decidir qué mundo se desea habitar por los meses que vienen, cuáles son las interrogantes en que quiero, o más bien requiero, hundirme. Qué de mí quiero conocer esta vez. En qué oscuridad me complacerá navegar. Navegarme. 

 

La incomodidad viene justamente de esto: uno cree ingenuamente que escribe de lo que sabe, como el conocido consejo, y se busca dentro qué historias tiene por contar, pero yo he descubierto que al menos en mi caso particular, escribo para saber qué diablos opino realmente de esto o de lo otro, escribo para cuestionar mi mundo interno, a veces para sufrir, a veces para regocijarme y, en definitiva, para vivir una vida alterna que me hace falta por codiciosa e inconforme.

 

Así que la orfandad de novela es eso: verse forzado a vivir sólo la vida "real", que a menudo da comezón por lo ordinaria, por lo corta y angosta. La orfandad de novela es sentirse de nuevo mortal, insignificante y pequeñito, y supongo que es una humildad necesaria pero ¡ay!, cómo molesta y cómo pica dentro del yeso, donde uno no puede rascarse, porque al terminar una historia queda sólo el hueco y andamos todos como enmomiados, con el tiempo y el cerebro detenidos dentro del capullo de la proverbial oruga que espera a convertirse en mariposa o murciélago o lo que sea, con tal de salir a escupir desde arriba a los personajes que esperan o dictan los designios, tan endiosados ellos y tan olvidados del capullo del que salieron. Así ando ahora: enyesada e inmóvil, mortal, incómoda y sin preguntas que contestar, o más bien con tanto sueño de mariposa en la cabeza, que ninguna se me posa en la mano para analizarla, para verle cada puntito de color y encontrar en alguna parte un principio: quizá no estará en el ala que de lejos, tan bonita, es lo que vuela poéticamente con el viento, sino en el centro que, visto de cerca, es peludo, negro y feo, como todas las preguntas que vale la pena desentrañar.

 

Esta es la etapa 0: la latencia. La odio. 

 

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