Etapa 3: La idea cuestionada

12/14/2016

En este particular proceso mío, ha sucedido algo que no siempre sucede, o que no quisiéramos, más bien, que sucediera nunca: tras semanas de estar entradísima en el texto, enamorada del texto, sumergida en el texto y empapada de texto, resulta que se te ocurre enseñárselo a alguien (no a tu mamá, que te dirá siempre que está muy bonito) y te dicen que no sirve. Esto puede pasar en un taller (si lo sabré yo), en el que por más que corriges el texto para darle gusto a todos, resulta que sigue sin servir, o puede venir de boca de un editor o amigo de tu confianza o puede ser que, como me acaba de pasar a mí hace unas semanas, tu editorial te diga que "nel, pastel", que les parece que lo que estás trabajando no va contigo, que a tu público no le va a gustar y que si quieres seguir perdiendo el tiempo con él, adelante, pero que está rechazado desde ahora.

Y tú cargas al texto, que es como un bebé indefenso y demoniaco, y empiezas a encontrarle un montón de defectos que antes no le veías. Cada que digo que las novelas son como hijos, las mamás biológicas se enojan (aunque se enojan más cuando digo lo mismo de mis perritos), y la verdad es que hay una diferencia básica entre estas maternidades (un millón de diferencias, pero una a la que me abocaré ahora) y es esta: las mamás biológicas ven hermosos a sus hijos, siempre. Tienen una ceguera conveniente (porque todos necesitamos amor incondicional) y si son feos no se dan cuenta. Con las novelas no sucede lo mismo. Un escritor crítico, que se respete, es siempre su más duro juez, y sólo falta una pequeña indicación, un mal día o una lectura de alguien que es mejor que tú, para que decidas que eres una porquería, que tu bebé es feo como un cara de niño y que mejor vas a buscar otro trabajo. 

 

Viene un bloqueo literario porque cada párrafo viene con una duda existencial, cada palabra trae al diablito en el hombro que te pregunta ¿y es eso lo que querías decir? ¿Y para qué sirve este texto? Y lo que fluía semanas atrás ahora es un dique montado en tu frente, que reseca todas las ideas, que ensucia todos los manantiales y que te pone de pésimo humor. ¿Cómo es que días atrás te parecía tan perfecto y ahora es un adefesio? Es que ha llegado un momento (que se presentará cada tanto) crucial en la vida de cualquier escritor: tienes que preguntarte si las críticas tienen razón, si hay algo que corregir, si es mejor abandonar el proyecto o si vas a seguir trabajando en el texto de todas maneras, porque algo muy adentro te exige continuar, porque es algo genuino y verdadero y lo que digan los demás no te importa. 

 

El equilibrio entre ego y humildad que tiene que tener un escritor es precario... debes creer que tienes algo que decir, algo que vale la pena, y a la vez tienes que ser capaz de escuchar críticas, integrarlas, desecharlas o, en fin, hacer lo que más le convenga AL TEXTO. No a ti, ni a tu editorial ni a tu maestra ni a tus amigos. Al texto. Tienes que buscar y rebuscar dentro, y también darte aire, leer otras cosas, descansar para poder ver al texto con cierta perspectiva, y tomar decisiones que pueden ser dolorosas. Dejar un texto porque no le gusta a alguien que no eres tú no está permitido si no sientes, dentro de ti, que es la decisión correcta. 

 

Si eliges continuar, tampoco será fácil: a menos que tengas ese carácter (yo no lo tengo, maldita sea) en el que las críticas te fortalecen y decides que todos los demás son tontos y tú saldrás adelante cueste lo que cueste, seguirás escribiendo y las dudas seguirán acechándote por un rato. Hasta que algo se afiance en el trabajo, una frase, una emoción que te diga: Qué bueno que seguiste. A esto había que llegar. Adelante, adelante. 

 

 

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