Ferrante, yo y las amistades tóxicas

12/28/2016

Acabo de terminar la tetralogía de Elena Ferrante llamada "Dos amigas". Fuera de todo el furor que hubo alrededor de la autora porque nadie sabía a ciencia cierta quién era, su serie es grandiosa. A lo largo de los cuatro libros uno vive en Nápoles, en la carne de un montón de personajes, y la autora tiene una habilidad poco común para distinguir y describir intenciones y emociones de lo más sutiles, por lo que me dejó deslumbrada. Las protagonistas son dos amigas, y su relación de más de 50 años de duración es una de esas amistades entre mujeres que a veces parecen una infatuación que bordea el romanticismo y en la que la atracción intelectual empuja a una y a otra a ser mejores, y otras veces resulta patológica, tóxica, y las competencias, zancadillas y bofetadas con guante blanco y con guante negro le hacen preguntarse a una por qué demonios siguen siendo amigas. 

 

La novela que yo publiqué este año, "Las Catrinas", también tiene como eje central la relación tóxica entre dos amigas, y aunque no pretendo ni de lejos comparar ambas obras (Ferrante es monumental, destinada a ser un clásico) me llama la atención que el tema sea el mismo y que haya muchas más historias que giran alrededor de esta premisa. Pocas mujeres negarán haber tenido alguna vez una amistad complicada con otra mujer (o con muchas) y creo que todas nos hemos quejado de la poca solidaridad que nosotras mismas nos mostramos tanto en los lugares de trabajo como en los grupos amistosos, en los que todas sabemos que en el momento en que una se levante al baño, las demás la criticarán, y en contextos sociales más amplios, en los que nosotras mismas juzgamos de putas a las demás, las tachamos de gordas, feas, viejas o estúpidas, en vez de sernos empáticas y compasivas.

 

Si bien puede ser que haya un elemento primitivo en el desprecio que a veces nos mostramos, en la competencia que sentimos contra las mujeres a las que percibimos como competidoras en el mercado de la reproducción, que instintivamente hablando es el de la supervivencia (tal cual: animales luchando por el macho que les perpetúe los genes), me pregunto qué tanta de esta hostilidad es inherente al género femenino y qué tanta es aprendida, heredada, perpetuada como un elemento más del sistema patriarcal en el que estamos todos sumergidos sin que sea (antes de que salten los hombres que leen) culpa de nadie en especial. 

 

Las más recientes teorías de género hablan de éste como una creación cultural, y yo estoy de acuerdo: un hombre aprende lo que es "ser hombre" y una mujer lo que es "ser mujer" gracias a la observación, a la imitación y a la aprobación o reprobación de conductas y actitudes que se consideran normales o anómalas, de las que no necesariamente se habla explícitamente, y que han ido cambiando a lo largo de los siglos, por lo tanto el ser hombre o mujer no es algo fijo, inamovible. Hace unas décadas, el ser hombre no incluía cambiar pañales, por ejemplo, y el ser mujer no tenía dentro de sus posibilidades aceptables socialmente no ser madre. De nuevo, no son reglas, son normas que determinan lo que "normal" o "anormal".

 

Creo que para este nivel de evolución humana, de conciencia, resultaría complicado seguir adjudicando ciertas conductas a temas animales o instintivos en vez de tomar responsabilidad por la manera en que las perpetuamos. Conceptos como "los niños son más activos, las niñas son más tranquilas", por ejemplo: ¿era la niña más tranquila o se le enseñó que debía hacerlo hasta que, finalmente, se tranquilizó, perpetuando así el prototipo? ¿Hay un instinto varonil de "esparcir la simiente" que justifique la infidelidad o al decirle a los hombres que eso es lo normal, lo que se espera de ellos, lo que les define como hombres, aprenden a hacerlo, lo justifican (y también las mujeres lo justifican), perpetuando así la conducta en cuestión? ¿Son en realidad más emocionales las mujeres y más racionales los hombres? ¿Cuáles elementos de nuestras definiciones tienen un origen biológico y cuáles no?

 

Al pensar en estas amistades tóxicas entre mujeres y en la manera en que estamos siempre listas para criticarnos unas a otras, meternos el pie y vernos como competencia o como enemigas en vez de como aliadas, me inclino por la idea de que se trata de conductas aprendidas, de que el sistema en que hemos vivido por siglos se alimenta de que nos aplastemos unas a otras en vez de unirnos contra frentes comunes como la violencia de género, las injusticias en el campo laboral, el montón de situaciones de desigualdad a las que todavía nos enfrentamos, etcétera. Los estándares de belleza que nos se nos imponen son el ejemplo más literal que me viene a la mente: nos alimentamos todos los días de imágenes de ideales inalcanzables, causándonos competencia y enojo contra otras mujeres a las que percibimos más cercanas a estos ideales y provocándonos desprecio hacia las que percibimos más lejanas, más alejadas de la "norma" de perfección física. Habría, en vez, de cuestionar estos estándares absurdos y promover la salud, la satisfacción, la pluralidad de bellezas. Habría que notar cómo nos hacemos daño a nosotras mismas leyendo esas revistas, mirando las fotos de las modelos y comparándonos con ellas, tratando de ser lo que nos dicen las "normas" que es ser mujer, ser femenina, ser sensual.   

 

Si nos dedicáramos a ampliar los conceptos de lo que es ser una mujer, todas cabríamos dentro más a gusto, sin sentir que tenemos que empujar a la de al lado para conservar nuestro lugar, porque ¿quién gana con esto? El patriarcado. Como decía el personaje de Ryan Gosling en una película: "El feminismo perdió cuando el aprender a bailar como estríper se volvió un deporte aceptado entre las mujeres". ¿Por qué? Porque volvemos a poner al hombre en el centro de todo y a nosotras como un objeto sexual que tiene que dedicarse a atraerlo y conservarlo a su lado siendo la más guapa, la más buena, la más sexy en vez de siendo, simplemente, una misma. 

 

La tetralogía de Ferrante me dejó reflexionando acerca de muchos temas, pero hoy quisiera ponerme como objetivo ser más compasiva con las mujeres que me rodean, más una aliada, menos una enemiga, más un escalón para subir, menos una patada en la espinilla. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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