Una chilanga en Galicia

08/30/2017

Lo único que había oído de los gallegos era chistes. Para nosotros, en México, los gallegos eran los tontos del mundo, por alguna razón, aunque la mayoría de nosotros jamás hubiera conocido a uno. Así que cuando me enamoré de J, comencé a decir el "contrachiste" cada que le hablaba de él a alguien: ¿Que de dónde en España? Gallego. ¡Y no es tonto, ¿tú crees?! Y ahora heme aquí: una chilanga viviendo en Galicia.

 

Hoy cumplo una semana aquí, en mi "piso de alquiler" (departamento de renta) en una ciudad a la que jamás había oído nombrar hasta que, tras nuestras primeras conversaciones en Tinder, le pregunté a J de dónde era, ya que su apodo en redes sociales no sonaba ni español ni latino ni nada. Resultaba que era un sobrenombre finlandés, de cuando había estudiado ahí de intercambio. Traerme a mí y a los tres perros fue "un cristo" (un desmadre), conmigo poniéndole "cinchos" (esos plastiquitos que le ponen a las maletas en los aeropuertos y que luego son imposibles de quitar) a las transportadoras en cada lugar posible, y echándoles galletitas para que no murieran de hambre en las siguientes quince horas. 

 

Con mis tres maletas cargadas de ropa, accesorios caninos y cosas que no necesitaba pero que había que traer, me embarqué en esta aventura que siempre deseé y nunca antes se había presentado: vivir en otro país, conocer otro estilo de vida, salir de mi zona de confort. Resulta que afuera de mi zona de confort (el suburbio de la CDMX en el que viví 35 años) se está bastante confortable, con un súper a la misma distancia a la que antes estacionaba mi coche para llegar a casa y con 15 cafeterías a una cuadra a la redonda. No tengo coche y evitaré tenerlo mientras pueda, aunque aquí le llaman tráfico a tener dos coches delante. Y el mar. Vas caminando por las cuestas de Vigo (dicen que las vigueñas tienen las mejores piernas de España porque todo son subidas, geografía que impide la construcción de un sistema de transporte subterráneo) y de pronto se asoman las Rías por ahí, entre los edificios de piedra que en México llamaríamos "coloniales", pero que aquí, siendo ellos los colonizadores, sólo son edificios, al igual que la tortilla española es simplemente tortilla. 

 

No he ido a ninguna de las más de 30 playas de Vigo, pero sé que están ahí, sé que el mar está ahí, y el solo dato me hace feliz aunque la niebla haga que los días amanezcan fríos y nublados y aunque la brisa me enchine el pelo y me haga decantarme, probablemente, por un corte aun más corto de pelo. Está el mar, y que esté es como ver las estrellas y sentirse pequeño, cosa que no he hecho en años porque la CDMX no tiene estrellas casi nunca. Bueno, tiene un par, y cuando hay seis o siete, los chilangos estamos encantados y nos entra el romance. 

Soy todavía una turista glorificada, una visitante con cocina y todas sus cosas regadas en un piso que no tiene muebles todavía y un colchón en el suelo, así que me toca seguirme fijando en las pequeñas diferencias, como los precios de los quesos más deliciosos (tan baratos que corro riesgo de muerte por sobredosis), el hecho de que a la hora de la comida todo cierre y los domingos nada abra, cuando en CDMX estamos acostumbrados a comer lo que sea a cualquier hora y a hacer compras, justamente, los domingos, y el que los bares y las cafeterías sean realmente la misma cosa: un lugar para sentarse a tomar una cerveza y comer los cacahuates que te dan como cortesía, haciendo hambre hasta la cena, para la que hay que moverse a otro lado, a alguno de los lugares que abre a partir de las siete u ocho de la noche, hora en que la ciudad en verano despierta porque todos, niños, adultos y gente mayor, están fuera aprovechando el clima antes de que el frío haga los paseos prohibitivos. 

 

Muchas pequeñas diferencias y muchas pequeñas similitudes. Lo suficiente para asombrarme un par de veces al día y, también, sentir que la posibilidad de sentirme como en casa existe. Un par de veces al día. 

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