Una chilanga en Galicia: cocina

09/03/2017

Mis amigos y familiares saben que soy una apasionada de la repostería. Ya les había contado que en los últimos dos meses, previos a la mudanza, la neurosis me hizo cocinar más de 300 galletas, 6 o 7 pasteles y tandas y tandas de postres de tapioca y otras delicias. Como resultado, los más cercanos a mí comenzaron a engordar y a pedirme que congelara todo, que alejara de ellos ese cáliz, que ya estaba bien (por cierto, tengo mi preselección de recetas fabulosas que nunca fallan, por si hay algún interesado). 

 

Sin embargo, en el tema de los alimentos salados lo único que preparaba era pasta. Mucha, mucha pasta, pasta de todo tipo, oriental, a la italiana, sin gluten, como fuera, pero pasta al fin. Ahora soy la encargada de la alimentación familiar, y ya que en México iba a comer casi todos los días a casa de mi mamá y J comía en el trabajo, no tengo la misma experiencia que con las delicias de arriba. 

 

Algunas cosas me han quedado bien (pescado a la limón con pasta a la crema de queso), otras regular (burritos de setas... las setas sueltan tanta agua, que quedaron aguadas y desabridas) otras mal (tortitas de lenteja con zanahoria: nunca se cohesionaron. Tengo un gran toper de masa de lentejas que parece algo asqueroso y que por alguna razón J no se quiere comer, jeje... ), pero me divierte cocinar, probar nuevas cosas, fracasar y volver a intentar. Cuando un pastel se me rompe al voltearlo, me enfurece, pero las setas aguadas no me molestan tanto. Sobre todo, disfruto el hecho de tener el súper a un minuto de caminata: todo aquí está planeado para un estilo de vida distinto: los refris son más pequeños, así que no se puede comprar mucho y tenerlo almacenado, por tanto se cocina con ingredientes del día, cada día. Obligarse a salir, caminar un poco, tomar algo de sol y viento, cambia el día, también. 

 

 

El reto como vegetariana es menor aquí, porque están más avanzados en la oferta de sustitutos de carne como el tempeh (fermentación de granos de soya), el seitán (proteína de trigo) y el uso de las algas para preparar toda clase de albóndigas, tortitas, etc, además del típico tofu y el gluten de siempre. Lo que más distinto encuentro es la condimentación: acá la mayoría de las comidas están basadas en el ingrediente mismo, mientras que en México todo es acerca de las salsas, las hierbas, las especias. El pulpo a la gallega, por ejemplo, va cocido, con aceite de olivo y pimentón, no más. En México, una salsa verde lleva más cosas, ni qué hablar del mole.

 

El limón aquí es el que allá conocemos como el Eureka, aquel amarillo que nunca compramos porque para qué, si el verde sin semilla es el mejor y el más barato. Aquí lo encuentras, pero es raro. No hay plátano macho (snif), el cilantro no lo he encontrado fácil, las leches alternativas (soya, almendra, arroz, avena) están en todas partes y no cuestan más que la de vaca, el aguacate es carísimo y desabrido, el tomate no existe, por lo que llaman así al jitomate (esa palabra acá no existe), remolacha al betabel y calabacín a la calabacita de toda la vida, mientras que la calabaza es la de Halloween. Sigo en busca de una buena pizza, pero los panes y los quesos son espectaculares. El agua de la llave se puede tomar sin ningún problema, lo cual es una novedad, y aunque me han dicho mil veces que las frutas y verduras sólo tienen que enjuagarse, sigo lavándolas con mi esponja y el jabón de lavar trastes: esa costumbre tomará un rato. 

 

Estoy en proceso de armado de un buen menú cotidiano que sea rápido y balanceado, así que si tienen sugerencias de recetas, se las agradeceré. Mientras tanto, seguiré echando a perder lentejas y cocinando pollos y pescados que no pruebo, esperando que no estén tan mal...

 

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