Ser cangreja

09/05/2017

 

Estoy segura de que la mayoría de ustedes conoce la fábula de los cangrejos japoneses, los cangrejos gringos y los cangrejos mexicanos. Si no, pueden leerla aquí.

 

El resumen es que hay algo inherente al carácter del mexicano, que nos hace criticar, humillar o disminuir a otro mexicano, sobre todo si le va bien, para que vuelva al fondo de la cubeta con el resto, en vez de apoyar o enorgullecerse del éxito de un colega y celebrarlo. Yo temo decir que sí he visto este patrón, y lo que es peor, me he dado cuenta de que muchas veces no es ni siquiera necesario que otra persona nos jale al fondo de la cubeta: nosotros solitos lo hacemos. Y si somos mujeres, más, porque en las sociedades machistas, y México es una de las más, el éxito de las mujeres espanta, agrede y es cuestionado por todos los medios para quitarle peso, y eso provoca que muchas de nosotras disminuyamos nuestros logros para no parecer amenazantes. Incluso para parecer más "femeninas", cosa que es terrible: que la feminidad y el éxito no sean compatibles. E insisto: nosotras colaboramos con estas dinámicas activamente, la mayor parte de las veces sin darnos cuenta, por un lado criticando a otras mujeres o quitándole importancia a nuestros estudios, logros, etcétera. 

 

El otro día me encontré a mí misma haciéndolo: salí con J y unos amigos suyos y mientras él intentaba presumirles que yo en México tengo X número de libros publicados (¡ocho! ¿Ya ven? Lo hice otra vez. "X"... no vaya a ser que suenen como muchos. Es sólo un hecho, no estoy presumiendo. Pero esto es lo que hacemos), que me va bien y que estoy cumpliendo día a día con mi sueño de ser escritora y publicar, yo me dediqué a minimizar mi carrera, concentrándome en el poco dinero que gano y en convencerlos de que realmente "no es la gran cosa". Porque era la primera vez que los conocía, así que ¿y si creían que era una mamona presumida?

 

Me tomó un par de días darme cuenta de que algo me molestaba, y era eso: yo había sido una cangreja

de la cubeta, y nadie me había jalado para abajo. Me había aventado yo solita. Esto me hizo recordar una amistosa discusión con un amigo de toda la vida. Estábamos hablando del boom de la comedia stand up y yo, que recordaba que le gustaba contar chistes en la secundaria, le dije que por qué no escribía una rutina. Me preguntó de qué. Le dije que de su trabajo como abogado, etcétera. "Para qué, ¿para burlarme de los abogados, decir que todos somos unos ladrones, cosas así?", preguntó. Admito que me imaginé algo por el estilo. Me dijo que odiaba ese tipo de comedia, abundante en México, y que no entendía por qué uno tenía que burlarse de sí mismo, ponerse en el papel "de pendejo" o de inútil, para que la gente se riera. "Mi trabajo me costó llegar a donde estoy", dijo. Y me pareció un buen punto. Así como hay otras maneras de hacer comedia, centrándose en los pequeños desastres de la vida cotidiana o en las casualidades curiosas con las que todos nos topamos, hay maneras de hablar de uno mismo sin ser mamón y sin ser, tampoco, falsamente modesto. 

 

Si la disminución de los méritos ajenos y propios está impresa en mi mexicanidad Y en mi feminidad, creo, además, que hay un agregado por ser escritora, y no se vale: como dice mi amigo, "mi trabajo me ha costado". Así que intentaré estar consciente de esto cuando hable de lo que soy y lo que hago, pues un cangrejo sólo puede ayudar a otro cuando sabe cómo se ven las cosas desde afuera de la cubeta. 

 

 

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