Programados para la insatisfacción

09/08/2017

Crecer en una sociedad como la nuestra, enfocada en el consumo y con una fuerte influencia de la cultura norteamericana, te puede hacer crecer pensando que el éxito (e incluso la felicidad) se basa en acumular una serie específica de bienes y de experiencias. Nos enseñan a aspirar a tener una casa, un coche, una tele, una computadora. Luego, un mejor coche, una casa mejor, una tele más grande, un trabajo que pague más para poder pagar todo eso, buenos muebles, una cocina más grande, una lavadora que parezca venida del futuro, etcétera, etcétera. Llega un día, después de partirte el lomo un par de décadas, en que sientes que "ya llegaste". En mi caso, era tener una casa con un pequeño jardín para mis perros, buenos muebles, una buena biblioteca, un coche que me llevara y me trajera. Y una buena editorial. No, la mejor editorial, o la más grande, al menos. Ya había "llegado": tenía la correcta acumulación de objetos para sentir que me iba bien o que me acercaba al éxito que esperamos los adultos contemporáneos. Por supuesto, el sistema se basa en que siempre queramos algo, y cuando se agotan las ideas, nos reeditan las mismas cosas y nos venden el mismo Nintendo que usábamos cuando éramos niños como algo "vintage", los mismos jeans rotos de los 80 y hasta las mismas historias recalentadas una y otra vez. 

 

A mí, mi trabajo como escritora me hace profundamente feliz, y mi segunda vocación, la enseñanza, me da una satisfacción que nunca esperé y que ahora, en lo que encuentro cómo aplicarla en mi nuevo hogar, añoro. Sin embargo, ninguna de mis dos pasiones (y si le agregamos otras dos: rescatar perros y hacer muñecos) combina muy bien con ese sistema en el que uno tiene que ganar cada vez más para sentir que "avanza" en la vida. Probablemente nunca gane mucho, aunque en el fondo gane mucho. Pero yo ya había llegado y eso me hacía sentir algo parecido a la tranquilidad. Según el sistema capitalista, era un adulto respetable, aunque "mediocre", pues todo lo que hago está sub pagado y muchas veces mis horas exceden las de un trabajo de gente exitosa.

 

Y entonces me enamoré de un gallego, luego me enamoré de Galicia y ¡zas! A vender todo, regalar lo demás y pagar por que se lleven el resto. Adiós coche respetable, adiós refri que hacía hielitos, adiós sofá recién retapizado (por tercera vez... los perros, ya saben). Reduje mi colección de libros a menos de la mitad, me deshice de muchísima ropa y me sentí como Tyler Durden en El Club de la Pelea, cuando intenta convencerse a sí mismo de que si le das valor a los objetos, los objetos acaban siendo tus dueños en vez de al revés. El proceso fue muy purificador, aunque la parte de mí que sigue perteneciendo al sistema simplemente porque lo tengo programado en el cerebro desde siempre, se preguntaba de cuando en cuando si yo, algún día, maduraría. ¿No era insensato deshacerme de todo para llegar a un nuevo país, sin trabajo ni prospectos, a empezar de nuevo a los 36 años de edad? ¿Cuándo volvería a poder costear el sofá, el refri de los hielitos?

 

Entonces, he pensado más que nunca en esa ambición con la que nos codifican, y en lo bien que se siente rebelarse aunque sea un poco contra ella. Vivía en la más grande ciudad del mundo, y ahora vivo en una ciudad con ambiente de pueblo grande y una población equivalente a la de Irapuato. ¿No la ambición es llegar a "la gran ciudad"? Eso es lo que hace la gente en las películas cuando persigue sus sueños. Ir a "la gran ciudad". ¿Estoy yendo hacia atrás? El gran trabajo, el gran sueldo, el coche de lujo, ¿necesitamos realmente esas cosas? ¿O es de verdad más simple, más como un libro de autoayuda, y tenemos que redefinir el éxito pensando en dónde pasamos la mayor parte del día, cada día? ¿En si lo que hacemos todo el día tiene que ver de alguna manera con lo que soñábamos ser de niños, con hacer el mundo un poquito mejor, con aportar algo? 

 

Dejé un montón de libros, y eso me obligó a elegir los que en verdad importaban. Además, esos libros serán leídos por alguien más en vez de acumular polvo. Regalé toda esa ropa, y descubrí que, incluso antes de la mudanza, usaba las mismas 5 camisetas de superhéroes y los mismos jeans todos los días. Resulta que no extraño ni el sofá ni el refri y mucho menos el coche. Que el placer de caminar, que no tenía en mi suburbio, hace que mi departamento, muchísimo más chico que el anterior, crezca y abarque tres cuadras a la redonda que pronto serán como mi casa. Empezar de nuevo, con muebles para armar, librero vacío y a la espera, y las cinco camisetas.

 

He vivido programada para la insatisfacción crónica, como todos. Para pensar que nada basta, y que por tanto yo, de alguna manera, tampoco basto. He crecido sintiéndome en una carrera en la que la meta nunca acaba de acercarse, y es desgastante y hace esquiva la felicidad. A muchos les suena raro que alguien no quiera "más y mejor", como si eso fuera sinónimo de rendirse o resignarse. Pero es que voy descubriendo la libertad de deshacerse de las cosas, de viajar ligero, de descubrir que el objetivo no es "llegar", si no seguir viajando y descubrir que puedes volver a empezar una y mil veces, que cualquier lugar puede ser tu casa. 

 

 

 

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