El temperamento de las ciudades

10/23/2017

En definitiva, los humanos hacemos las ciudades. Las construimos de acuerdo a nuestras necesidades, muchas veces caprichos. Las ciudades reflejan la personalidad de sus habitantes, sus amores y defectos, y por eso la Ciudad de México es caótica, un tanto tramposa, imponente, llena de contrastes. Tiene grandes bellezas para presumir y lo hace a gritos, laberintos en los que perderse como te perderías en la intrincada trama de una buena novela, y rincones de sutil encanto a los que hay que invertir tiempo, a los que hay que saber llegar, y que pueden estar rodeados de peligro. Está viva, palpita, ríe pero también ruge y enseña los dientes. 

 

Vigo, por otro lado, insiste en conservar el alma de un pueblo pesquero a pesar de ser la ciudad más grande de la región. Crece, pero crece de piedra, tratando de recordarse a sí misma de sus orígenes, comedida y sobria como sus habitantes, que tienen fama de ser los mejores amigos, los más leales, una vez los hayas conquistado, cosa que puede tomar mucho tiempo. Es, si, una ciudad un tanto desconfiada, que parece pequeña y simple pero cuya construcción no es cuadrada. No es circular. No es de ninguna forma estándar y no te la puedes aprender de memoria, no la puedes predecir: tienes que aprenderla. 

 

Los humanos hacemos las ciudades, comencé, pero las ciudades nos hacen a los humanos. En definitiva. Ciudades como ésta, por su topografía, se niegan a tener metro, por ejemplo, y obligan a la gente a caminar en cuestas que a primera vista parecen imposibles. Injustas. Se camina, acomediéndose a los esfuerzos cardiovasculares y de pantorrillas, "y sólo falta lo peor", dirían las madres de aquí. Porque aquí, igual llueve, igual no. Igual subes esa cuesta ("malo será"), pero luego te toca bajar, y las reacciones son similares: es lo que tocó y punto. Hay que seguir caminando. No te alegres demasiado porque hoy te tocó cuesta abajo y, filliño, no estés llorando porque llueva. Mejor, aprende a amar la lluvia, que tiene aquí un montón de nombres. O no. Da igual, la ames o no, seguirá cayendo, así que lo mejor será encogerse de hombros y salir siempre con paraguas. Y si toca sacar a los perros, pues saldrán, y a muchos he visto empapándose tranquilamente. Porque aquí les preocupan más las corrientes de aire en casa ("el chiflón", como diríamos en México), que el agua. Para nosotros, el agua es la que inunda las colonias, la que triplica el tráfico, la lluvia ácida y la que nomás ensucia los carros, las aguas negras que hacen que tengamos que desinfectar todo y temerle al cisticerco (aquí no saben qué es eso) y, sobre todo, una cosa que hay que cuidar: "Gota a gota se agota", decía la campaña cuando yo era niña. Un bien escaso. Aquí, el agua les alcanza y les sobra y ni piensan en ello. 

 

Todas las tiendas y centros comerciales te ofrecen, al entrar, unas bolsitas para que metas tu paraguas mojado, y así como en México los carritos de algunos súpers tienen un portavasos porque allá la cosa es la prisa, ir tomándose el café mientras haces otras cosas, aquí los carritos tienen un compartimento especial para el paraguas porque se da por hecho que lo llevas. Los mexicanos no llevamos paraguas. Eso es de "nenas": en plena temporada de lluvias, la gente anda por ahí, empapándose, siendo salpicada por los autos que pasan junto a las banquetas. Algunos se improvisan impermeables con bolsas de basura o se ponen un periódico sobre la cabeza, pero la mayoría, cuando la tormenta es de las buenas, se resigna y anda a paso rápido con esa sonrisita de "no, pues ya me mojé", que es la misma sonrisita de cuando cruzamos la calle donde no debemos y alguien nos deja pasar. "Ji,ji". No ser precavido es una especie de travesura, y esa travesura se refleja en la manera en que la ciudad está "parchada" porque no hay una previsión, una planeación urbana. Ji, ji. Un gallego se preguntaría porqué no llevar un impermeable en la mochila siempre, sobre todo si ya sabes que va a llover. ¿Por qué? ¿POR QUÉ? Entonces a los chilangos (me niego al nuevo gentilicio propuesto de "cedemecos") nos tocaría encogernos de hombros. "Qué flojera cargar". Pero... hay 95% de probabilidades de lluvia. "¿Cómo sabes?". Ya revisé mis 12 apps del clima y lo escuché en las noticias. "Pos igual no. Ji,ji".

 

Volviendo al tema del café, el "para llevar" aquí es de lo más raro. ¿Por qué te lo llevarías si puedes tomártelo tranquilamente, en una terraza, y hasta te regalamos un pastelito? El tamaño de la ciudad y el estilo de vida que promueve hace que las prisas no sean tan comunes. De nuevo: la ciudad construyendo el temperamento de las personas. Y como no existe el pretexto de los chilangos de "el tráfico está...", que nos obliga a darle a cualquier persona hasta 30 minutos de tolerancia (45 si avisa), la gente aquí es extremadamente puntual. Excesivamente puntual. Demasiado puntual. ¿Existe eso? Sí, existe. Cuando hay dos coches delante tuyo, dices que hay un  montón de tráfico. Y así como las prisas nos hacen allá comer unos tacos de pie o llevar un licuado del puestito de la esquina para ir tomando en el camino, el otro día un señor insistía en que, a la mitad de mi paseo canino, me sentara en su mesa de la terraza para que acariciara a mis perros. ¿Cuál era mi prisa? A donde fuera que me estuviera dirigiendo, no podían faltarme más de diez minutos para llegar. Usé una frase que en México sería incontestable: "Tengo que ir a servirle a mi esposo la comida". A lo que replicó: "¡Que se la sirva él! Tómate un café, anda, y acércame a esos peques".

Cuando uno de los "peques" le enseñó los dientes, se puso a regañarlo como si fuera su propio nieto, cosa que me ha pasado seguido. Los perros le ladran a mi vecino, él les ladra de vuelta. Al fin que somos "un pueblo pesquero", todos nos conocemos, entre todos educamos a los niños de la aldea ("it takes a village", como diría el proverbio). En la CDMX, si alguien se mete con tus hijos (o con tus perros, para el caso), te encabronas. ¿Cómo se atreven? Además, ¿quién sabe qué intenciones puedan tener? Las intenciones de muchas de las personas de las terrazas, aquí, es mirar a los demás. Pasar el rato. Tomar unas cañas. El invierno es tan crudo, que en verano la gente vive afuera. En cada esquina hay un bar o una cafetería (sigo buscando la diferencia, pues hasta ahora ambos son lugares donde se sirve cerveza y café), y todos están siempre atascados.

 

Casi no he visto gente en esas cafeterías trabajando en sus laptops: la hora del descanso es la hora del descanso. La adicción a los celulares tampoco es tan grave aquí: ¿será que la gente tiene más tiempo para encontrarse cara a cara? Y cuando se encuentran, están todos vestidos del modo más casual. Ellas también: los climas cambiantes (hoy: a las ocho de la mañana llovía. A las once, el sol brillaba en su esplendor, pero soplaba un vientecillo. A las dos, había bajado una nube y hacía bochorno. A las seis de la tarde el día era perfecto pero a las ocho PM hacía frío) hacen que la gente tienda a la practicidad y a vestirse en capas. Recuerdo que, para mí, un viernes de baile era todo un evento. Además de tener una sección de ropa "para salir", me maquillaba y los tacones eran casi obligatorios. Los cadeneros de los antros de moda no dejaban pasar a gente en tenis y si no ibas despampanante y escotada, podías olvidarte de entrar. Como a todos lados había que moverse en coche, los tacones no importaban. Aquí, las cuestas los vuelven ridículos, y salir de noche muchas veces implica caminar de vuelta a las tres o cuatro de la mañana, y si la juerga te llevó de bar en bar y terminaste lejos de casa, agradecerás llevar tus planitos de siempre. Por supuesto, las grandes ciudades tienden más a la vanguardia en moda, etcétera, pero entrar en ese tema perturbaría mi narrativa. "Ji, ji". Así que ahí está: las montañas dictando qué zapatos se venden más. 

 

 

 

 

 

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