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LOS 7 PECADOS CAPITALES EN EL PROCESO DE ESCRITURA

25 sept
13 min de lectura

El oficio de escribir también tiene sus tentaciones.

 

Sé que no soy la única a la que se le ha ocurrido esta idea de post, pero tras muchos intentos y cambios de opinión, llegué a una interpretación de los pecados capitales en el proceso de escritura que me complace y es porque encontré algo que todos los pecados —en esta acepción de los mismos— tienen en común: cuando el autor los comete, deja de estar al servicio de la historia y en vez rinde pleitesía a entidades menos divinas. 


A riesgo de generalizar, simplificar, banalizar y muchos otros infinitivos, presento mi lista definitiva de los pecados capitales que cometemos durante el proceso de escritura, reconociéndome en al menos tres de ellos y clamándome representante máxima del cuarto. Dicen que el primer paso es reconocerlo…

 

I. SOBERBIA

No quiero meterme en problemas y por eso no diré cuál autor español me parece el representante máximo de este primer pecado, pero la verdad es que abunda, y lo extraño es que abunda tanto en autores consagrados como en principiantes. Sospecho que en los primeros es una cuestión de ego muchas veces alimentado por las audiencias (y por sus madrecitas) y en los segundos tiene que ver con ignorar lo que ignoran, o sea, no haber leído lo suficiente para saber que no están inventando nada y no poder reconocer las áreas de oportunidad (precioso eufemismo) que tienen sus textos, porque claro: los soberbios no buscan crítica literaria ni retroalimentación antes de publicar pues solo confían en su propio criterio. También contamos entre ellos a los que presumen de no leer «para que no les influencien el estilo». Por supuesto, aquí aplica el «dime de qué presumes y te diré de qué careces»: quien se niega a escuchar críticas o leer a los que vinieron antes y son mejores que él, oculta una gran inseguridad.

Soberbia en el proceso de escritura: un autor que impone su propia voz sobre la historia.

SÍNTOMAS


  • Todos los personajes son sus clones, hablan y piensan como él. Es probable que el

    antagonista o el villano lo sea justamente porque no comparte sus valores.

  • Nos topamos con largos párrafos de introspección o comentarios de personaje o narrador que solo están ahí para que el autor exprese sus propias ideas.

  • El soberbio conserva escenas o frases porque le gustan, aunque no beneficien a la historia.

  • Suele valerse de estructuras complejas o lenguaje enrevesado que tienen como único objetivo lucir sus habilidades narrativas, aun si restan claridad a la historia.

  • No pide retroalimentación y, si la obtiene y no le gusta, su reacción es «no entendiste» o porque «no eres mi lector meta». 

  • El soberbio busca estar presente en el texto todo el tiempo. Le da tanto espacio a sus propias ideas, experiencias y a su propia inteligencia percibida, que la historia pasa a segundo término: el autor ha dejado de servirle para servir a su propio ego.


¿Qué necesita?

Humildad.

 

II. PEREZA

Me viene de inmediato a la cabeza un autor mexicano muy famoso. Yo trabajaba como dictaminadora para un grupo editorial importante y me pidieron un reporte de su más reciente manuscrito. Cuando lo abrí, no podía creerlo: más allá de carecer de un formato mínimo que facilitara la lectura (habría agradecido una separación de párrafos, al menos), el texto era un caos absoluto. Estaba lleno de errores de concordancia de tiempos verbales, faltan todas las tildes, no había mayúsculas en los nombres propios y en varias ocasiones me topé con dos o tres párrafos casi idénticos: pruebas de redacción que el autor debió borrar antes de enviar.


Como editora yo lo habría rechazado de inmediato, pero él, por su fama, sabía que podía enviar su primer vaciado de material y alguien haría el trabajo de convertir aquel caos en algo legible. Me pareció vergonzosa su falta de amor por el oficio y por su propio texto, la pereza patente en cada página enviada sin una mínima revisión.


Este es un ejemplo de pereza muy literal, pero el pecado se presenta de otras maneras y, de nuevo, en todos los escalafones de experiencia.

Pereza en la escritura: un manuscrito sin corregir y abandonado durante el proceso de escritura.

SÍNTOMAS


  • Creer que la inspiración basta y que si un texto está escrito con mucha pasión, es suficiente.

  • Si se topa con un obstáculo en el texto, el perezoso lo abandona en vez de buscar otra solución o, en su defecto, investigar lo que tiene que investigar.

  • Considera que un primer borrador es una obra terminada.

  • Si recibe críticas que le impliquen corregir o reescribir, mejor abandona.

  • Como leí en el Instagram de otro escritor de cierta fama: «Yo escribo, los puntos y las comas ya las verá el corrector». O sea, considera que la puntuación no forma parte básica de la escritura y que la corrección de un texto es para los plebeyos.

  • El perezoso suele unirse a la idea de que la exigencia de una mínima calidad en la redacción es un esnobismo.


El perezoso suele confiar más en la visita de las musas que en la disciplina del trabajo que implica escribir un libro, y le huye a todo lo que implique algo de esfuerzo. ¿El resultado? Montones de proyectos a medias, textos descuidados o directamente ilegibles y casi seguro quejas de lo difícil que es vivir como escritor y de lo impenetrable de la industria editorial (también es perezoso para las redes sociales). 


¿Qué necesita?

Disciplina.

 

III. AVARICIA

«No seas tacaño» es una frase que uso a menudo en mis talleres de escritura creativa. El avaro retiene información, retiene datos, oculta que el personaje sabía algo, corta un diálogo a medias, no explica por qué ocurren ciertas cosas… pero detrás de ello no hay una mala intención, sino miedo: miedo a que el lector pierda el interés si no se le retiene por medio de un misterio o una gran sorpresa, por un lado, o miedo a caer en el temido info dumping, que muchos consideran un pecado que debería estar en esta lista.


Me topo con la avaricia muy a menudo en textos de fantasía, en que los escritores han invertido años ideando complejos mundos y sistemas de magia y, en vez de mostrarlos, los esbozan tan de a poco, que el lector nunca sabe dónde está parado y le es imposible implicarse en la historia. Parece que los escritores exigieran un ritual de paso para «merecer» las respuestas a las grandes preguntas sembradas en la historia… Lo malo es que muy pocos lectores se quedarán si solo se les plantan interrogantes y no llegan las respuestas. Ocurre también con acciones inexplicables por parte de los personajes, y al cuestionárseles, los escritores replican con gesto enigmático que «luego lo sabrás», y siguen pasando los capítulos y nadie entiende nada. El personaje se ha vuelto incoherente, pero al parecer hay una explicación que el creador se niega a dar para mantener el misterio y, quizá, sorprendernos con un gran giro de tuerca.

Avaricia en la escritura: un autor que retiene información y misterio frente al lector.

SÍNTOMAS


  • Textos confusos y que muchas veces se han trabajado por años.

  • Acumulación de interrogantes.

  • Múltiples conflictos abiertos o pendientes.

  • Introducción de nuevos misterios cuando no se han resuelto los anteriores y, por tanto, más confusión para el lector.

  • Escenas o actitudes de personajes inexplicables o incoherentes.


Confiar en los grandes giros y en los misterios es un error de muchos principiantes y de muchos nacidos en la era de la televisión y los contenidos de rápido consumo, que requieren de cliff hangers al final de cada capítulo para mantener la atención de las audiencias. Una buena novela mantiene la atención porque los personajes están bien creados y el lector está implicado con ellos y con su destino. Incluso hay historias cuyo desenlace está anunciado desde el inicio y aun así permanecemos, porque queremos pasar más tiempo en ese mundo, con esas personas.


Hay que mencionar que hay un tipo de avaricia que no es consciente: la del autor que ha vivido tanto tiempo inmerso en su propio mundo, que obvia toda explicación considerándole innecesaria. Conoce tan a fondo cada detalle, que ya lo ve en su mente pero olvida que el lector no. Estos autores se benefician mucho de una lectura crítica.


¿Qué necesita?

Ser generoso.

 

VI. LUJURIA

Este es mi «coco», como diríamos en México: tiene que ver con disfrutar en exceso del placer de escribir. Ya sé: puesto así no suena tan mal, pero lo que ocurre es que uno desarrolla una relación tan íntima con su escritura, con sus personajes e incluso con el propio lenguaje, que deja al lector fuera. Este suele ser el comentario que recibo con más frecuencia por parte de mis lectores beta: «Eres una lujuriosa». No, no es cierto. Pero sí: «creo que a veces te olvidas de que al lector está ahí».


Este pecado tiene su complicación, porque nos suelen repetir que escribamos para nosotros en primer lugar, ¿no? Si estoy escribiendo para mí, ¿qué tiene de malo que el texto esté lleno de chistes internos, referencias que solo mi hermano y yo entendemos, metáforas que se montan en otras metáforas formando una filigrana primorosa que a la mitad del párrafo dejaron de comunicar porque el lector ya entendió el mensaje y solo estoy danzando lúbricamente con las comas, con los sinónimos y las atmósferas que ya habían quedado claras? No tiene nada de malo. Escribe para ti; edita con la posibilidad de un lector. Puesto de otro modo: si invitas a alguien a un trío y luego no le dejas participar… ¿para qué le has invitado?


Lujuria en el proceso de escritura: un autor fascinado por el lenguaje y sus propias palabras.

SÍNTOMAS


  • Descripciones interminables, barrocas y llenas de detalles que no aportan nada.

  • Frases primorosamente construidas pero que no tienen función narrativa.

  • Metáforas que se montan sobre metáforas y acaban resultando confusas porque hay que escarbar en capas alegóricas para llegar al punto.

  • Escenas que pueden provocar placer sensorial o lingüístico pero que podrían quitarse completitas sin afectar en absoluto a la acción.


Confieso que a mí me cuesta reconocer mi pecado, porque la solución casi siempre implica cortar, y cuando yo leo el texto, me parece maravilloso: entiendo todo, lo disfruto, me provoca un placer sensual que asumo será contagioso, pero acaba siendo cerrado y excesivo. ¿Por qué cerrado? Porque el lenguaje acaba enredándose en sí mismo, contemplándose a sí mismo, y deja de servir a la historia: la historia pasa a estar al servicio del placer. De mi placer. O del placer de los lujuriosos como yo.


Este pecado abunda menos en los principiantes porque implica regodearse en los recursos narrativos y en las palabras, y para eso hay que conocer bien a muchos de los primeros y haber seducido a muchas de las segundas, y se diferencia de la soberbia porque aquí el regodeo no es por lucirse hacia afuera, sino para provocarse un placer privado.


¿Qué necesita?

Contención. Y segundas lecturas cuando la «calentura» haya disminuido (para cortar los excesos).

 

V. GULA

Me viene a la mente la imagen del que, incapaz de elegir un solo postre en un

restaurante, pide uno de cada y come un bocadito de este, uno de aquel, mezclando en la lengua sabores que no deberían mezlcarse bien y perdiéndose del centro jugoso del coulant o del maridaje planificado por el chef repostero. Entre la acidez de la ciruela, la miel de la torrija, el chocolate amargo, el helado de té verde y alguna cosa de pistache (inescapable estos días), el postre acaba siendo excesivo, la lengua no sabe en qué concentrarse. Si el ejemplo del postre no le funciona al lector, puede pensar en el niño que mezcla todos los colores de plastilina y en vez del arcoíris que imaginó, acaba con una masa color mi***a.

Gula en el proceso de escritura: exceso de personajes, tramas y elementos dentro de una novela.

SÍNTOMAS


  • Demasiadas tramas y subtramas.

  • Demasiados personajes —puntos adicionales si además tienen nombres difíciles de recordar—cuyas vidas no son relevantes para la trama principal.

  • Voces narrativas distintas que confunden.

  • Montones de reglas del mundo creado

  • Nuevos giros o problemas que no son necesarios.

 

La gula se presenta con frecuencia en las primeras novelas de muchos escritores por la siguiente razón: llevan años con un montón de ideas en la cabeza y cuando al fin se atreven a sentarse a escribir, quieren meterlas todas en el mismo texto. A menudo hay por ahí dos o tres novelas, no una. Escribir una novela también implica decidir qué idea nos exige atención y cuál puede esperar.


Otra razón para la gula, tanto la literal como la literaria, es la ansiedad. En el caso de la escritura, el miedo a que la historia sea demasiado simple lleva a muchos a meter por la fuerza más líneas narrativas, más personajes, más giros de trama, lo cual equivale a meterle más ingredientes a una lasaña en vez de usar los ingredientes correctos y de mejor calidad. Si una historia no se sostiene, es poco probable que agregar elementos ayude; mejor será revisar que el esqueleto se sostenga y que los personajes sean lo suficientemente tridimensionales como para generar un vínculo con el lector.


Escribir también es elegir, y comprender que cada elección implica renunciar a otra.


¿Qué necesita?

Aprender a renunciar o, en otras palabras, poner la novela a dieta.

 

VI. ENVIDIA

Este parece muy evidente, ¿no? La envidia que le tenemos a los que son mejores que nosotros y, en especial —admitámoslo—, a los que consideramos peores pero les va mejor en apariencia: más oportunidades, más ventas, más presencia online o lo que sea. Sí: la envidia en esta acepción es dañina porque suele paralizarnos: estamos más atentos a lo que hace el otro que a lo que podemos hacer nosotros, más listos para buscar errores en los demás que para mejorar los nuestros. Estoy segura de que la rabia de muchos trolls tiene su origen en la envidia, que los lleva a gastar un montón de energía en intentar apagar las velitas de los demás en vez de buscarse una luz propia. La envidia de esta clase es dolorosa, destructiva y genera escritores frustrados y poco productivos.


Pero hay otra manera de interpretar la envidia en términos de escritura y se trata de una admiración mal entendida (pero ese nombre de pecado no quedaba igual de cool en el post). En este caso, el escritor está convencido de que la voz de los demás vale más que la suya, y entonces no se permite explorar o desarrollar lo que podría ser su aportación original. Aquí no hay rabia, como en el envidioso del párrafo anterior, pero hay una tremenda inseguridad que puede encontrarse en los siguientes

Envidia entre escritores: un autor que imita la voz y el estilo de otros escritores.

SÍNTOMAS


  • Copia estilos de otros autores que a veces, incluso, resultan reconocibles.

  • Su manera de escribir se percibe artificial o impostada.

  • Persigue modas y tendencias (aunque usted no lo crea, tengo clientes que me han preguntado «qué es lo que viene» para abocarse a ello) en vez de perseguir sus propias necesidades estilísticas y de historia.

  • Su voz cambia de acuerdo con lo que está leyendo en el momento.


No confundamos el aprendizaje con la imitación. No hay nada peor que el escritor que dice que no lee para que nadie influencie su estilo… Todos aprendemos leyendo, experimentando, tomando recursos de aquí y de allá, pero la voz propia solo puede surgir cuando nos atrevemos a explorarnos dentro, cuando le damos valor a nuestra propia versión de las cosas, a nuestro uso personal de los recursos, subiéndonos sobre los hombros de los grandes, como dicen, para gritar nuestras propias consignas.


Me parece sano tener un poco de esta envidia cuando comenzamos: reconocer que antes de nosotros vinieron muchos, que estamos aprendiendo, que no lo sabemos todo. Creo que se llega a un equilibrio tras muchos años de desarrollar el oficio mientras seguimos alimentándonos del talento de los demás: llega un punto en que podemos reconocer un nuevo elemento que surge de la aleación de todos los metales preciosos que hemos asimilado, filtrados por nuestra visión y experiencia personales.


¿Qué necesita?

Autenticidad. Confianza en que tiene algo propio que decir y una manera de decirlo. Y si aún no lo tiene… práctica.

 

VII. IRA 

Lo primero que viene a la mente es muy literal: escritores que saltan a la defensa de su texto en un taller o que se enojan al escuchar críticas. De estos podría contarles muchos casos, algunos de clientes míos que tras recibir el reporte de lectura que me solicitaron, me han respondido con larguísimos correos en los que pierden el estilo por completo. Pero aquí propongo comprender la ira como un asunto de control, de ánimo dictatorial, y para ello puedo volver a esos mismos correos de los clientes y hablarles de lo que suele venir antes de los insultos: larguísimas explicaciones de lo que debí haber entendido del texto (pero que no estaba ahí), datos que debieron comprenderse, interpretaciones mías juzgadas como incorrectas.


El pecador iracundo quiere controlarlo todo: los personajes, la trama, el ritmo y hasta a los propios lectores. Comienza con una idea muy clara y no suele permitir desviaciones de este mapa o esquema, incluso cuando la historia lo pide o cuando los personajes hacen huelga y se niegan a hacer lo que él quiere… y entonces llega el bloqueo. Porque las novelas se van descubriendo en el camino, son ellas las que nos van pidiendo lo que necesitan y a las que tenemos que servirles, no al revés. Y sí, hay un tema de ego aquí, pero el fondo es el mismo que con pecados anteriores: la inseguridad. ¿Qué pasa si dejo de lado la trama que había planeado y esto se sale de control? ¿Cómo voy a resolver los problemas nuevos que no esperaba? Y si permito esta desviación, ¿no caerán todos los cimientos que estuve planificando al detalle por años?


Como ya se imaginan, este pecado se suele presentar en escritores obsesivos, perfeccionistas y que encajan con la descripción de «escritores de mapa». Creen saberlo todo de sus personajes y del mundo en que se mueven y, si surge algo nuevo, lo descartan en vez de fluir con ello o de al menos detenerse para indagar si es mejor, porque considerarlo implicaría moverse en territorios desconocidos y no cientos de veces analizados. Su necesidad de control suele expandirse hasta los lectores, desde los beta hasta los hipotéticos que vendrían con el texto publicado: no admiten interpretaciones, no dejan espacio para preguntas ni aire para respirar, porque necesitan asegurarse de que el texto se percibe tal y como ellos quieren, que los personajes son tomados como ellos los ven y que el lector llega a las conclusiones plantadas para él desde un inicio.


Ira en la escritura: un autor que intenta controlar a sus personajes y su historia.

SÍNTOMAS


  • Bloqueo creativo constante, que surge cuando la novela se rebela (o se revela, las dos aplican)

  • Textos anquilosados, faltos de frescura, que «muestran todas sus cartas» porque no confían en que el lector comprenderá sutilezas.

  • Personajes maniqueos cuyas decisiones y emociones se sienten forzadas por la mano del autor.

  • Sobreexplicaciones para impedir interpretaciones distintas.

  • Historias predecibles con conclusiones dirigidas y evidentes.

  • En pocas palabras, el iracundo controlador no se permite descubrir lo que su texto tiene para enseñarle, ni se lo permite al lector.


¿Qué necesita?

Flexibilidad y confianza en el proceso creativo. Aceptar que los personajes pueden sorprenderlo y que el lector no necesita ser llevado de la mano para comprender. Soltar.

 

PECADOS EN EL PROCESO DE ESCRITURA: EN CONCLUSIÓN…


El problema con estos pecados no es moral, por supuesto: tiene que ver con la relación del escritor con las distintas piezas del oficio de escribir. Cada pecado rompe una relación distinta:


  • Soberbia: rompe la relación con la historia.

  • Pereza: rompe la relación con el oficio.

  • Avaricia: rompe la relación con el lector al negarle lo que necesita.

  • Lujuria: rompe la relación con el lector al olvidarse de él en favor del propio placer.

  • Gula: rompe la relación con la obra al negarse a elegir.

  • Envidia: rompe la relación con la propia voz.

  • Ira: rompe la relación con la incertidumbre inherente al proceso creativo.

 

¿Qué toca? Confesarse en los comentarios y, tras hacer penitencia y admitir que no todos los fallos son «licencias poéticas», dejar de culpabilizarnos por ser pecadores y poner manos a la obra.

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