¿QUÉ ES LA AUTOFICCIÓN?
- Lorena Amkie

- hace 3 días
- 6 min de lectura
Un amigo escritor y su esposa acababan de volver de luna de miel y él nos narraba la odisea de conducir por las carreteras escocesas: «a un lado un camión enorme a 100 kilómetros por hora y, al otro», contaba, «el vacío». Estuvimos a punto de morir al menos doce veces, te lo juro, con las ruedas rozando el aire, y Sara estuvo a punto de vomitar al menos seis. Para colmo, el coche rentado, de esos nuevos, pitando por todo: que íbamos a 22 en una carretera de 20, que me centre en el carril, ¡pero no había carril! Piii, piii, piii, ¡me iba a volver loco! En eso, claro, se desata una de esas clásicas tormentas escocesas y empezaba a anochecer. Habría dado lo que fuera por un arcén.

Y bueno, al fin llegábamos a la entrada al pueblo cuando, al girar en una de esas callecitas, estampé el coche contra una roca enorme que salía de la nada. Eran las once de la noche, un pueblo fantasma, totalmente oscuro, y ahora con una rueda reventada. Bajé a ver y en cinco segundos estuve empapado. Le dije a Sara que llamara al seguro, a la agencia de coches, a quien fuera, y adivina qué… Sí: no había señal. La tormenta se convirtió en granizo y… Y ahí Sara ya no aguantó más. ¡Nada fue así!, exclamó.
Resultó que nunca estuvieron a punto de morir, la lluvia no era para tanto, eran las seis de la tarde, ella fue la que bajó a ver y sí que había señal. La llanta no reventó, solo rasparon un poco la defensa pero tenían seguro a todo riesgo y caminaron al hostal que estaba enfrente de la roca que, en realidad, era una acera alta. Los esperaban con té caliente. Fin.
—¡Mujer! —reclamó él—, ¿de qué lado estás?
—¡Del de la verdad! —rio ella.
Y he ahí el dilema, que para mí no lo es, porque creo que la verdad fáctica y la verdad narrativa son dos cosas muy distintas y, por mi lado, siempre elegiré la mejor historia.
Por eso mi familia me apodaba Big Fish, en honor al personaje de aquella entrañable película de Tim Burton que convertía los ordinarios episodios de su ordinaria vida en metáforas maravillosas y coloridas fantasías. Al igual que Sara, el hijo de Edward Bloom le reclamaba: ¡Pero nada de eso ocurrió así! ¡Me mentiste!
La autoficción, tan de moda ahora y a veces muy mal entendida, tanto por escritores que la emprenden con resultados mediocrísimos como por lectores con expectativas erradas, es para mí el derecho a apropiarse de la propia vida y, por medio del oficio, convertirla en una mejor historia, o bien encontrar qué historia existe realmente entretejida entre los episodios ordinarios de nuestras ordinarias vidas, que valga la pena ser contada.
¿LA AUTOFICCIÓN TIENE QUE CONTAR HECHOS REALES?
El tema hoy suscita polémica: en los círculos de literatura contemporánea hay quienes tildan a los escritores de autoficción de narcisistas o de perezosos, ignorando, por un lado, que al escribir un libro, un autor siempre está escribiendo de sí mismo, aunque tenga orejas de elfo y/o viva en una distopía postexpresionista y, por otro, que convertir la propia vida en literatura requiere procesos muchas veces más complejos que los de la ficción pura y dura: el síndrome de impostor funciona aquí por partida doble, pues no solo hay que preguntarse «¿sé escribir?», sino «mi vida, como historia, ¿vale?», o en otras palabras, «yo, como personaje, ¿soy interesante?», duda cuyo peso existencial supera por mucho la de la técnica.

La otra cara de la moneda reside en la creencia de que la sola valentía de desnudarse y exponerse es ya un mérito o, peor, literatura. Esto gracias a los mensajes que abundan en redes sociales y que insisten en que todas las historias valen, cualquiera puede escribir y todos merecemos ser leídos. Todas las vidas valen, sí. Las historias… es otro asunto. Cualquiera puede escribir un libro… Sí, si dedica tiempo y esfuerzo a desarrollar un oficio más allá de poner una palabra tras otra. Y nadie «merece» ser leído. El mundo no nos debe atención ni lecturas, eso es así.
Una falacia más: que tomar nuestro diario y cambiarle los nombres a las personas ya es autoficción.
¿QUÉ NECESITA UNA BUENA AUTOFICCIÓN?
La buena autoficción requiere más que una anécdota «interesante», y más que la valentía —o soberbia— de hablar de uno mismo. Requiere un conocimiento de las estructuras y recursos que cimentan las grandes historias y que harán que un lector siga leyendo aunque no conozca al autor y no tenga ninguna razón para interesarse por sus cuitas. Sí: suele sernos más fácil empatizar con una persona —o perro o elfo o gladiador— que sabemos ficticio que con una persona de carne y hueso, porque al ficticio le ponemos la cara que nos da la gana mientras que el otro insiste en ser él mismo, insiste en habitar el mismo mundo que nosotros.
La buena autoficción requiere soltar el concepto de objetividad y no solo comprender, sino asumir, que la memoria es falible, que la interpretación es inevitable, que nadie ve el mismo azul en el cielo. Requiere abrazar el derecho, que pocos abrazamos, de contarnos nuestra vida como nos dé la gana por cualquier razón, pero sobre todo porque así es una mejor historia. Requiere una mirada aguda sobre la propia y casi siempre pequeña vida y sobre los infinitos matices que tenemos como personas y requiere, sobre todo, la habilidad de detectar qué de nosotros, de nuestras experiencias, perspectiva, temperamento, de las decisiones y consecuencias que cargamos, serán capaces de conectar al nivel más profundo con un lector que nos es desconocido y al que somos desconocidos, porque escribir autoficción para mamá no es lo mismo que escribir para el mundo.
¿Qué partes de lo auto deben permanecer y cuáles hallarán su verdadera esencia en ficción?
¿Qué de lo que queremos contar es tan humano que es innegable? O en otras palabras, ¿qué de lo que queremos contar se siente verdadero más allá de la realidad fáctica? Y, ¿qué de lo que hemos vivido o encontrado se beneficiará de estirarse, doblarse, pararse de cabeza, andar hacia atrás, encogerse o mutar de cualquier otro modo para ser tan verdadero que llegue a ocupar su propio espacio y el lector piense, al acceder a este espacio, «me da igual si es real o no, porque se siente verdadero»?
A veces, la respuesta está en lo que no se cuenta. Otras, en el orden de los hechos. Siempre, en comprender que la neutralidad y la objetividad no son solo imposibles sino indeseables y que asumimos que la pretensión de documentar algún episodio de la propia vida buscando que sea literatura, implica un grado alto de artificio, de artesanía, de engolosinamiento, y que entre más real o natural suena, más trabajo costó, algo así como tardarse horas en peinarse para lograr el look despeinado.
¿QUÉ DIFERENCIA HAY ENTRE AUTOFICCIÓN Y AUTOBIOGRAFIA?
La respuesta fácil es que en la autoficción importa más el cómo se cuenta una historia que

el qué. La autobiografía de Napoleón importa porque es Napoleón, aunque sea lineal y abuse de los adverbios terminados en «mente». La respuesta que prefiero es que la autobiografía parte de la intención de contar la verdad apoyándose en datos. La autoficción busca una verdad oculta entre ellos y, para encontrar esta verdad, se otorga ciertas licencias.
«Y si se va a otorgar licencias, ¿por qué no mejor escribe ficción-ficción?». Pues porque todos sabemos que las mentiras más creíbles vienen rodeadas de verdades y, sobre todo, porque es prerrogativa de cada autor cómo lidia con sus asuntos, con su mezquindad, su humanidad más frágil y sus pequeñas grandes preguntas.
¿CÓMO SE CONVIERTE LA PROPIA VIDA EN LITERATURA?
¿Cómo empieza una obra de autoficción? Con una incomodidad duradera. Con una imagen persistente. Con la intuición de una verdad agazapada, incompleta, que solo puede lidiarse escribiéndola. El problema es que, aunque tengamos la anécdota o la emoción de base, todavía no tenemos una historia: tenemos material. Entre una cosa y otra, hay un momento en que todavía no escribimos, pero ya estamos tomando decisiones. A esta fase le llamo INCUBACIÓN NARRATIVA.
Si quieres explorar ese momento, he preparado una masterclass gratuita de 30 minutos en la que te comparto mi estrategia para transformar una emoción personal en el punto de partida de un relato.
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