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  • Lorena Amkie

Dejé de escribir de amor

Hace rato que dejé de escribir de amor, como si hacerlo supusiera reducir lo que soy, lo que me he encargado de construir con base en mi materia prima, a la elección y conservación de una pareja. He leído tanto, escrito tanto, observado tanto de los vínculos llamados románticos y del daño que nos hacen, que he intentado salir de ahí y centrarme en todo lo demás que puede ocupar nuestro tiempo, nuestra atención. Nuestra, la del gremio, porque es una lucha necesaria, porque no todas las historias pueden girar alrededor de un hombre: no deben.


He dejado de pensar en medias naranjas, en pasiones perennes y en eternidades, y he aprendido más de compañía, silencios compartidos, líneas paralelas y aceptación: no son los vocablos que hacen las grandes novelas, igual que hay más historias de naufragios y velas rotas por la tempestad, y menos de aquel día que fuimos a remar al lago, nada malo ocurrió, y henos aquí de vuelta, justo a la hora de la cena.


Dejé de escribir de amor primero por habitar los demás universos, sola; luego por estar convencida de que nadie quiere leer lo que viene después de las bodas, del beso bajo la lluvia, de la persecución en el aeropuerto: "Y vivieron felices para siempre" y punto, porque sabemos que el 50 % de los matrimonios terminan en divorcio y si el otro 50 está satisfecho, simplemente, ¿qué pueden contar? ¿Que entraron en una rutina agradable, que están en paz, que se quieren y se siguen abrazando en la cama, que están cómodos en la desnudez que envejece, en la intimidad del chiste interno, en la predictibilidad de los gestos y las anécdotas?


Nadie quiere leer eso, gallego. Nadie. Yo no habría leído eso tampoco. Siempre alguien es infiel; siempre alguien se enferma de algo, o quizá es que hay que ser un escritor mucho mejor que yo para transmitir la belleza de estos días en que los cambios ocurren dentro y no fuera, en que mi cerebro puede perderse en las preguntas importantes porque la respuesta a esa pregunta que me persiguió toda mi juventud, ya la tengo, y los que la han tenido antes que yo han renunciado también a intentar convencer a los otros, a los más jóvenes o a los que se aburren de su reflejo en el otro y buscan más espejos, un laberinto de espejos, creyendo que buscan una pareja cuando buscan... ¿qué? El salto del diafragma, supongo. ¿Somos ya esos que se resignaron a la "estabilidad"? Pero ¿quién puede sazonar a la perfección una pasta si las especias están revueltas? ¿Quién puede redactar una buena frase si las palabras han dejado de significar lo que deberían? ¿Quién puede apreciar el horizonte desde un avión que se va cada vez a pique?


Es cosa de la edad, ¿es cosa de la edad? No: es cosa de ti, gallego. De tu estoicismo del que a veces me burlo y en el que a veces me refugio; de tu ser roble para mi río y mi ser río para tu roble; de la alegría de las pequeñas danzas que nadie más ve, los picotazos de las zarzas en nuestras tardes de verano recolector, las manos grandes que dan doble vuelta o se entrecruzan, pacientes, cuando las mías se enroscan o se despliegan porque necesito volar, a veces por parajes que no conoces y no exiges conocer. Es cosa de las carcajadas huidizas, tuyas; fáciles, mías. Es cosa del amor, supongo, pero no voy a decirlo, porque yo ya dejé de escribir de amor.

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