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  • Lorena Amkie

Escribe de lo que sea

Qué consejo tan trillado, y qué seguido lo doy, yo y casi cualquiera que intente, de alguna manera u otra, apoyar a otros escritores en su camino. Escribe de lo que sea, ¿y de qué servirá eso? ¿Quién querrá leerlo? Las dos preguntas son intrascendentes. ¿De qué servirá? Si entramos en las discusiones perennes respecto al arte, no tendría que servir de nada, no en sentido utilitario, pero estamos inmersos en un sistema que nos empuja a la productividad, a ser "útiles", a estar activos, a que lo hacemos genere algo, pero ¿qué? Y siempre volteamos la mirada afuera: algo para los demás. Algo que les haga sentir alguna emoción, algo que pueda venderse, que pueda llegar más allá de nosotros. Esa segunda pregunta, "¿quién querrá leerlo?", nos distrae también de que el objetivo de escribir es escribir y ya. Que el acto se sostiene por sí mismo y por tanto la búsqueda satisface, apasiona, cuestiona o responde, en primer lugar, a uno mismo.


Escribe de lo que sea, como por ejemplo, de que no puedes escribir: para recordarte que tu bloqueo probablemente viene de una de estas dos preguntas, pues quizá has olvidado que el fin último es también el fin primero.


Escribe de lo que sea, de lo triste que te pone que se ha terminado la temporada de castañas, esa maravilla de ir caminando entre hojas amarillentas y encontrar en el suelo tesoros comestibles y brillantes, llenarte las bolsas del pantalón, soltar pequeños alaridos de alegría cuando encuentras una especialmente grande, voltear alrededor para asegurarte de de que ningún vecino te escuchó, no por pudor, sino porque no quieres que sepan que es temporada de castañas, como si lo fuera solo para ti, solo para que tú sientas que la tierra te devuelve algo, como si le hubieras dado algo a la tierra. Y te entra la codicia: las quieres todas, las medianas, las grandes


y las más grandes; te pinchas más de una vez con esa cásca


ra furiosa con la que se envuelven, pero quieren ser encontradas aunque parezca que no, quieren ser encontradas por ti.


Los pantalones están a reventar pero hay más, y entonces comienzas a almacenarlas en un improvisado bolso marsupial que deja expuesta tu barriga pero te permite incluso salirte del sendero principal y buscar entre la tierra húmeda y la hierba, justo debajo del castaño, que de cuando en cuando deja caer una de sus cápsulas espinosas a tus pies, y siempre están entreabiertas, coquetas, quieren irse contigo. Las cáscaras de por aquí casi siempre contienen tres castañas; la principal, gorda y saludable, que parece haberle robado los nutrientes a las otras dos hermanitas feas que no llegan a inflarse, soldados de a pie que protegen a la que parece preñada, que brilla más, que parece de madera.



Te enlodas los zapatos y las manos, llenas tu camiseta, que luego no volverá a su forma original, pero no importa, y ahora la preñada pareces tú. Emprendes el camino de vuelta, radiante. No has pensado siquiera en hacer algo con todas esas castañas: solo quieres vaciarlas en un platón y contemplarlas, sentir la piel dura, perfecta, con las yemas de los dedos, asegurarte de que no tienen esos huequitos redondos que parecen hechos por un taladro diminuto pero que son la entrada de gusanos blancos.



No necesitas ni una sola castaña más: pareces una absurda criatura mitológica, granulosa y pesada. De pronto ahí, oculta bajo unas hojas mil veces pisoteadas, el brillo de una más. Te dices que es la más grande de todas, y te dices también que puede que no sea así, pero que no la puedes dejar, pobre. ¡Pobre! Ella quiere unirse a la preciosa dignidad de ser rec


ogida, de ser una de las elegidas. Asoma el rabito, la parte de arriba, que tiene unas astillas que a ti ya te han atravesado la delgada tela de la camiseta y la más gruesa tela del pantalón, picoteándote la castañosa humanidad.


Te acercas, a


partas las flácidas hojas enlozadas con un pie y te agachas para recogerla, olvidando por un instante la bolsa marsupial, que tenías que sostener con ambas manos. Todas las castañas,


medianas, preñadas y enormes, caen y ruedan, se dispersan, se ensucian, se muestran reacias a ser recogidas una segunda vez. Llega la pena como un golpe en el pecho, un vacío en el estómago, ¡todo ese trabajo! Y todas esas hermosas castañas, perdidas. Llega el temblor detrás de los ojos, ¿vas a llorar? Parece que no, que la pena se disipa. Que no tienes recetas para castañas, ni un gusto especial por ellas. Parecen de madera, brillantes, tan hermosas.


Sopla un vientecillo otoñal, y tanto el castaño como los demás árboles se agitan sin prisa. Emprendes el camino de vuelta.



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