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  • Amarena y la inundación

    Las alas diminutas de Amarena se agitaban, dejando atrás el corazón de ese girasol que había estirado el tallo solo para ella, ofreciéndose como las damiselas victorianas ofrecían las níveas gargantas al vampiro consorte de turno, recreándose en los picotazos, palpitándole con la miel entre los dos dientes que constituían su pico, calmándole la sed con la urgencia del que agoniza, y es que el agua había roto los diques y levantado los musgos; el agua había dejado de ser lago para ser caudal, y el caudal tenía cuentas pendientes con el pueblo.   Amarena, ignorante de dioses y mitologías, no pensó en el fin del mundo ni en el pecado; no pensó en la mala suerte porque no hay lamentos en los cerebros pequeños de los pájaros, que tienen el espacio justo, justo el espacio para sentir el hambre, que es la sed; para sentir la sed, que es el deseo; para sentir el deseo, que es la vida, y para vivir. Sus ojillos de convexa visión periférica —de minúsculo alcance si hay cordilleras, de alcance infinito si de pistilos se trata—, buscaron la próxima isla, pero venía el caudal y convertía a los sauces en balsas, a las casas en barcos y a los vivos en muertos, y ¿qué muerto se preocupa por un ave de cinco gramos? ¿Qué vivo? Las petunias, arracimadas en las herrerías de los balcones, musitaron a coro sus últimas plegarias antes de que sus hogares de barro cocido las llevaran al fondo que aún no era fondo porque se movía, se desfondaba y enfondaba y era superficie y marea y abisal, todo a la vez y de todos los colores: del color de las tazas que navegaban fuera de sus vitrinas para luego llenarse y dejar un rastro de burbujas mientras se precipitaban hacia un suelo que no las rompería; del color de noticias amarillentas que pudieron ser aviones, que pudieron ser barquitos, y en vez deslavaron sus letras en la espuma, resignadas al olvido. Aterrizar aquí para qué, pensaba Amarena al analizar una superficie y otra, si un segundo después el aquí ya es allá, golpeado por las balsas o ahogado por los gritos. Pero sus cinco gramos se sentían ya como seis, y el pánico le consumía la dulzura del néctar y le hacía creer, por primera vez, en un castigo, y pensar en un castigo es pensar en un dios, y el cerebro de un ave, cuando deja entrar a dios, se expulsa a sí mismo del aire. Acostumbrada a desfogar hibiscos y a picotear almendros, al zumbido de las abejas y al vibrar de la hojarasca, el avecilla buscó la digestión del caudal: en alguna parte algo  debía estarse gestando. Pero el caudal, boca enorme, abismo invertido, consumía a la vez que destruía, sin sembrarse más que a sí mismo ni nutrirse ni quedarse. Amarena entendió entonces lo que era la muerte, y cuando el alma de un pájaro entiende la muerte, olvida la única y divina obligación de sobrevivir. Pronto le llegaría el agotamiento: ¿cuánto puede aguantar en el aire un ave de cinco gramos? ¿Y para qué, si no hay néctar que rebuscar ni polen que llevar ni ciclo que perpetuar? Las alas, antes invisibles por fugaces, se congelan un instante, pintándose contra el fondo todo blanco, todo nubes, todo nada. A su alrededor no hay aves: se han marchado o rendido; los hogares de barro de las flores se convierten en anclas fatales y ellas, agitándose como manos que se despiden, derraman sus pétalos antes de hundirse. Amarena pierde lo que dicen se pierde al último, y su cuerpecillo se precipita al vacío. La recibe la copa aún flotante de un girasol, que será su última morada, su funeral vikingo sin fuego, y antes de cerrar los ojos, alcanza a ver el momento en que las aves del paraíso comprueban, entre inútiles aleteos, que no son aves sino criaturas terrestres. Maldicen, escupiendo savia, a los nombres mentirosos y a los nombradores malintencionados; cacarean y se alzan, rebeldes, pero las raíces las anclan a la tierra y la tierra las encierra en sus macetas engarzadas a una verja que se las llevará a todas, y al suelo del balcón, al fondo del río. Ojalá dejaran de resistirse de una buena vez, piensa Amarena, que prefiero silencio para este último vaivén, y dignidad para las últimas flores. Pero las aves de paraíso se niegan: inclinan los tallos hacia las macetas vecinas y se picotean unas a otras las prisiones de tierra con sus bocas de pétalo insurrecto, y se comen la tierra, y la escupen, y se hieren los tallos y siguen, ciegas y furiosas mientras el agua cae y las rodea. Siguen, con los picos ya romos y chorreando sangre savia, con los cuerpos exhaustos hasta que una se libera y emerge, cargando sus raíces y agitando sus hojas alas. Luego emerge la segunda, la tercera después, se sacuden las migajas de tierra como gatos bajo la lluvia y echan a volar ante los ojillos atónitos de Amarena, que las ve atravesar las nubes, mutadas, sobrevivientes invencibles, primero con toda claridad; luego difusas, como a través de agua, ¡a través de agua! Su pequeño corazón decide antes que su cerebro; su ligero cuerpo obedece y se hunde en la espuma y el cansancio se esfuma y el hambre se transforma. Sobre su cabeza flota la tumba girasol, vacía; a su alrededor el agua es cada vez más quietud, menos remolinos; agita sus alas y vuela entre los escombros con sus aletas; se desprende de sus plumas a cambio de una piel lustrosa y anfibia. Suelta burbujas de alegría y deja de ver hacia el cielo, al que ya no pertenece, para dirigirse al abisal, a las aguas tibias, a los manantiales, ríos y océanos inexplorados: deja el polen y la tierra por el plancton y las corrientes, pues si una flor puede un día echar a volar, ¿por qué no podría un colibrí, un día, echar a nadar?

  • PLEGARIAS

    La metí a casa para protegerla del temporal que venía. Él se burló de mí, dijo: está hecho para vivir fuera, siempre ha vivido fuera, quiere estar fuera, mojarse, enterrarse o lo que hagan esos bichos cuando llueve. Bichos, había dicho, en general y en masculino. Él no sabía que yo la veía todos los días en el mismo lugar, a la misma hora, y que tenía el teléfono lleno de fotos suyas porque me parecía tan hermosa, con su rostro de triángulo y esos ojos de elipse que es imposible imaginar cerrados, con las angulosas extremidades duras, pero a la vez tan frágiles, siempre unidas en plegaria. ¿Qué pedía cuando pedía? Yo no quería que el viento se la llevara lejos, aunque sobreviviera. No soportaba la idea de que pudiera aparecer en otra terraza y yo no volviera a verla nunca. Leí cómo cuidarla, qué darle de comer, cómo preferiría dormir. Él se burló de mí. La mantis se ancló en el respaldo de una silla, agradecida, mientras afuera las nubes se vaciaban con furia. Nos miraba. Me sonreía con esa quijada en forma de V. Sin enseñarme los dientes pero sugiriéndolos. Filosos, seguro. A él lo miraba ir, venir, tomar café, burlarse. No parpadeaba nunca, ella, y seguía rezando. Con sus patitas, patas, ¿manos? Pezuñas, cascos como de montura, garras como de dragón, que era pequeña pero había que imaginarla enorme y temerle y respetarla. Empecé a unir mis manos a escondidas, a pedir cosas también. ¿Qué pedía? No era importante porque nadie escuchaba. Ella comía moscas que a veces se le acercaban sin que tuviera que moverse. Otro día la vi sosteniendo una cucaracha mientras masticaba con calma la cabeza, arrancada. ¿Teníamos cucarachas? No, esta había llegado de afuera buscando, no comer, sino ser comida. Seguía agitando las patas. Tomé un par de fotos, dos minutos de video. Ella sonrió para la cámara. Él hizo una mueca de asco. Luego se burló en voz más alta. Ella giró la cabeza lento, lo miró con esos ojos entornados y volvió a su alimentación, aunque se aburrió pronto: prefería las cabezas. Barrí el resto de la cucaracha y ella se dejó llevar a la mesa de noche. El cajón era para ella, aunque pronto no cabría: era cada vez más torso, más triángulo, quijada y patas. ¿Tenemos ratones?, chilló él. Ya casi no tomaba café: había que pasar frente a la mesa para prepararlo y ya no quería pasar frente a la mesa. No, le contesté, solo este ratón, y en tiempo pasado. Lo vi estremecerse del asco, ¿del miedo? Barrí el cuerpo; a ella solo le gustaban las cabezas. No se encaramó nunca más en el respaldo de la silla, pues una vez estuvo a punto de volcarla y yo, por suerte, pude lanzarme a toda velocidad para atraparla antes de que sufriera algún daño. Agradeció con un parpadeo, ¡parpadeaba!, y unió de nuevo esas manazas para rezar, para pedir. ¿Qué pedía? Él comenzó a vivir encerrado en ese pequeño despacho al que antes llamábamos la madriguera por lo oscuro, pestilente y húmedo que era. Con llave, cerraba, y lo escuchábamos salir de noche por algo de comer, al baño. Y cerrar con cuidado de no molestar en mitad de nuestras plegarias, o de no despertarnos. El pájaro entró una mañana por la ventana que yo abrí temprano. Ella vigilaba como siempre desde la mesa. El pájaro abrió las alas coloridas y se le plantó de frente; ¡se habría arrancado la propia cabeza para ofrecérsela de haber podido! Por la noche las dos nos reímos al escuchar el grito de él: había pisado plumas y sangre. Un día ella se levantó de la cama de madrugada. A veces hacía eso. Caminó por el pasillo. Me gustaba escuchar el sonido de sus pies contra el suelo. Nunca tenía prisa, cada paso caía cuando debía. Volví a apoyar la cabeza sobre la almohada y escuché. Los pasos caían, sí, como gotas de agua cadenciosas y gordas, al ritmo perfecto. Cerré los ojos. Era un alivio no estar sola. Me sumía en el sueño de nuevo cuando el silencio me sobresaltó. Ya no caminaba. Salí de bajo las mantas y me asomé al pasillo. Su negra silueta, enorme y majestuosa, con las manos en plegaria, pedía. ¿Qué pedía? Una puerta se abrió. La madriguera. Contuve el aliento. Quién sabe qué se dijeron; estaba oscuro. Al día siguiente barrí el resto. A ella solo le gustaban las cabezas.

  • El mismo río

    El río pasa por donde mi perro viejo se enjuagaba las patas y se refrescaba la barri ga a medio paseo. Levantaba con su gran lengua, que nunca supo darme un beso, torpes sorbos de agua, y los peces y las ranas salían despavoridos de ahí. Yo le sacaba fotos para verlas mucho, para verlas pronto, porque el perro era muy viejo, y las otras perras comían pasto. No les gusta el agua de ese río, que en efecto ya no es el mismo río, aunque parezca, porque mi perro ya no está pero la tierra de sus patas y el calor de su barriga y esos besos que le dio al agua andan por ahí, por el río, por el mar, y en la lluvia que cae en nuestro jardín.

  • Dejé de escribir de amor

    Hace rato que dejé de escribir de amor, como si hacerlo supusiera reducir lo que soy, lo que me he encargado de construir con base en mi materia prima, a la elección y conservación de una pareja. He leído tanto, escrito tanto, observado tanto de los vínculos llamados románticos y del daño que nos hacen, que he intentado salir de ahí y centrarme en todo lo demás que puede ocupar nuestro tiempo, nuestra atención. Nuestra, la del gremio, porque es una lucha necesaria, porque no todas las historias pueden girar alrededor de un hombre: no deben. He dejado de pensar en medias naranjas, en pasiones perennes y en eternidades, y he aprendido más de compañía, silencios compartidos, líneas paralelas y aceptación: no son los vocablos que hacen las grandes novelas, igual que hay más historias de naufragios y velas rotas por la tempestad, y menos de aquel día que fuimos a remar al lago, nada malo ocurrió, y henos aquí de vuelta, justo a la hora de la cena. Dejé de escribir de amor primero por habitar los demás universos, sola; luego por estar convencida de que nadie quiere leer lo que viene después de las bodas, del beso bajo la lluvia, de la persecución en el aeropuerto: "Y vivieron felices para siempre" y punto, porque sabemos que el 50 % de los matrimonios terminan en divorcio y si el otro 50 está satisfecho, simplemente, ¿qué pueden contar? ¿Que entraron en una rutina agradable, que están en paz, que se quieren y se siguen abrazando en la cama, que están cómodos en la desnudez que envejece, en la intimidad del chiste interno, en la predictibilidad de los gestos y las anécdotas? Nadie quiere leer eso, gallego. Nadie. Yo no habría leído eso tampoco. Siempre alguien es infiel; siempre alguien se enferma de algo, o quizá es que hay que ser un escritor mucho mejor que yo para transmitir la belleza de estos días en que los cambios ocurren dentro y no fuera, en que mi cerebro puede perderse en las preguntas importantes porque la respuesta a esa pregunta que me persiguió toda mi juventud, ya la tengo, y los que la han tenido antes que yo han renunciado también a intentar convencer a los otros, a los más jóvenes o a los que se aburren de su reflejo en el otro y buscan más espejos, un laberinto de espejos, creyendo que buscan una pareja cuando buscan... ¿qué? El salto del diafragma, supongo. ¿Somos ya esos que se resignaron a la "estabilidad"? Pero ¿quién puede sazonar a la perfección una pasta si las especias están revueltas? ¿Quién puede redactar una buena frase si las palabras han dejado de significar lo que deberían? ¿Quién puede apreciar el horizonte desde un avión que se va cada vez a pique? Es cosa de la edad, ¿es cosa de la edad? No: es cosa de ti, gallego. De tu estoicismo del que a veces me burlo y en el que a veces me refugio; de tu ser roble para mi río y mi ser río para tu roble; de la alegría de las pequeñas danzas que nadie más ve, los picotazos de las zarzas en nuestras tardes de verano recolector, las manos grandes que dan doble vuelta o se entrecruzan, pacientes, cuando las mías se enroscan o se despliegan porque necesito volar, a veces por parajes que no conoces y no exiges conocer. Es cosa de las carcajadas huidizas, tuyas; fáciles, mías. Es cosa del amor, supongo, pero no voy a decirlo, porque yo ya dejé de escribir de amor.

  • Muéstrame la superioridad moral

    Una de las máximas más recurridas de la narrativa es "muéstrame, no me cuentes", que tiene que ver, a grandes rasgos, con encontrar recursos para la descripción de escenas o personajes que no se apoyen en el camino fácil de la enunciación de acciones o situaciones, para lo primero; en los adjetivos, para lo segundo. No me digas que hacía frío: muéstrame la piel erizada del personaje en las faldas del volcán, déjame sentir la nieve colándose por sus zapatos que no son impermeables, oblígame a parpadear para que los globos oculares no se me congelen de pura empatía. En el caso de los personajes se trata, creo, de llegar a detalles tan específicos, físicos, psíquicos, temperamentales o de cualquier otra índole, que no caben en un adjetivo, que tienen que explicarse, y que parece imposible que no pertenezcan a una persona de carne y hueso. No me digas que era una chica locuaz; permíteme escuchar sus conversaciones, hurgar dentro de su bolso de playa (¡en invierno!) lleno de curiosidades, enamorarme de sus reacciones impredecibles y del sabor a Fanta de su aliento. No me digas "Saúl tiene espíritu didáctico"; cuéntame de aquella vez que, tras dar un montón de vueltas en el coche antes de una cita, encontró al fin un sitio ideal para aparcar en la calle de enfrente. Al verlo acercarse con la sonrisa de triunfo iluminándole el rostro, emergió de la nada el clásico tipo que te señala el lugar que ya encontraste adjudicándose así el derecho a obtener una nimia paga por su nulo servicio. Saúl apagó el coche y se debatió por unos instantes entre darle los centavos o no. A continuación, un señor de edad cercana se estacionó un poco más adelante, bajó de su coche y saludó al tipo aquel con una sonrisa y una propina que seguro rebasaba por mucho el estándar, a lo que el dueño de la calle respondió con una inclinación de cabeza. Luego devolvió su atención a Saúl, que tardaba en bajar porque se preguntaba quién había establecido que había que pagarle a un parásito simplemente por estar de pie en el lugar correcto en el momento exacto. Bajó del coche, cruzándose con el colega sonriente que se dirigía sin prisas a algún sitio, "no a una cita importante, sin duda", se dijo Saúl, desdeñoso. El compañero de aparcamiento le sonrió también a él; se habría levantado el sombrero de haber llevado uno sobre la grisácea cabeza. "Le sonríes a todos, le das dinero a todos", gruñó Saúl, azotando la puerta del auto. Soltó los centavos que había separado dentro de la bolsillo del pantalón y cruzó la calle con una nube entre las cejas. Resultó que la oficina de su reunión estaba en un segundo piso cuyos ventanales daban, justamente, al trozo de calle en que se había estacionado. El tipo aquel había decidido recargarse sobre su coche "mientras diriges el tránsito de toda la ciudad, ¿no? Salvando tantas vidas gracias a tus dotes de observación, ¡qué haríamos sin ti!", gruñó Saúl, incapaz de concentrarse en las negociaciones al frente. Su anfitrión le ofreció un café y cuando se levantó, Saúl entornó la mirada y alcanzó a ver que el tipo miraba a su alrededor y al comprobar que no había gran flujo peatonal, encogía la nariz, arqueaba las cejas y parecía inhalar como un nadador olímpico antes de lanzarse a la piscina para luego escupir un plasma que quedó suspendido por unos instantes en el aire antes de tomar su forma, tan única como únicos son los copos de nieve, y estamparse en el parabrisas como la yema de un huevo lanzado con furia. A Saúl la indignación lo atacó en forma de una tos complementada con arcadas ante la flema, que era visible desde su silla de oficina, desde el segundo piso, desde el otro lado de la calle. Tenía frente a sí la humeante taza de café y al hombre de negocios que había interrumpido su discurso para ofrecerle unos golpecitos en la espalda, que Saúl declinó con un gesto de las manos. Su anfitrión comentó que justo ese día no llovería; eso habían dicho las predicciones. Saúl se ajustó la corbata y vio cómo el tipejo aquel se alejaba algunos metros de su coche con un paso ciertamente danzarín. Incapaz de prestar atención a nada más, Saúl aceptó los términos desventajosos que le ofrecían, dejó intacto el café y le estrechó la mano al otro trajeado, que se había levantado para acompañarlo a la salida y preguntarle si necesitaba validación para el estacionamiento del edificio. Que no, que había aparcado enfrente, y hasta pronto. En el corto trayecto por ascensor, Saúl decidió su curso de acción: la venganza perfecta. Preparó un billete, se amoldó el rostro a una afabilidad que reservaba solo a sus nietos, y caminó hasta el escupidor, que estaba recargado en un poste de luz a media cuadra de distancia. Al verlo acercarse, el tipo evitó su mirada e hizo ademán de alejarse, pero Saúl lo llamó "amigo" y le tendió el billete, agradeciéndole por haberle cuidado el coche. "Yo sé que algunos le dan antes, pero yo siempre doy después, pero doy bien", dijo, plastificándose la sonrisa hasta la incomodidad. El tipo estiró el brazo para tomar el billete y Saúl tardó en soltarlo. "Sí me aceptas el billete, ¿verdad?", insistió. "Pues claro que sí, jefe", replicó el otro. Luego se aclaró la garganta y, aterrorizado y nauseabundo, Saúl soltó el dinero y casi corrió hasta su coche. Tomó asiento y se resignó a mirar aquel efluvio verdoso todo el camino hasta su casa, mientras pensaba, satisfecho: "Con eso aprenderá la lección". Eso, y no "Saúl tiene espíritu didáctico".

  • Escribe de lo que sea

    Qué consejo tan trillado, y qué seguido lo doy, yo y casi cualquiera que intente, de alguna manera u otra, apoyar a otros escritores en su camino. Escribe de lo que sea, ¿y de qué servirá eso? ¿Quién querrá leerlo? Las dos preguntas son intrascendentes. ¿De qué servirá? Si entramos en las discusiones perennes respecto al arte, no tendría que servir de nada, no en sentido utilitario, pero estamos inmersos en un sistema que nos empuja a la productividad, a ser "útiles", a estar activos, a que lo hacemos genere algo, pero ¿qué? Y siempre volteamos la mirada afuera: algo para los demás. Algo que les haga sentir alguna emoción, algo que pueda venderse, que pueda llegar más allá de nosotros. Esa segunda pregunta, "¿quién querrá leerlo?", nos distrae también de que el objetivo de escribir es escribir y ya. Que el acto se sostiene por sí mismo y por tanto la búsqueda satisface, apasiona, cuestiona o responde, en primer lugar, a uno mismo. Escribe de lo que sea, como por ejemplo, de que no puedes escribir: para recordarte que tu bloqueo probablemente viene de una de estas dos preguntas, pues quizá has olvidado que el fin último es también el fin primero. Escribe de lo que sea, de lo triste que te pone que se ha terminado la temporada de castañas, esa maravilla de ir caminando entre hojas amarillentas y encontrar en el suelo tesoros comestibles y brillantes, llenarte las bolsas del pantalón, soltar pequeños alaridos de alegría cuando encuentras una especialmente grande, voltear alrededor para asegurarte de de que ningún vecino te escuchó, no por pudor, sino porque no quieres que sepan que es temporada de castañas, como si lo fuera solo para ti, solo para que tú sientas que la tierra te devuelve algo, como si le hubieras dado algo a la tierra. Y te entra la codicia: las quieres todas, las medianas, las grandes y las más grandes; te pinchas más de una vez con esa cásca ra furiosa con la que se envuelven, pero quieren ser encontradas aunque parezca que no, quieren ser encontradas por ti. Los pantalones están a reventar pero hay más, y entonces comienzas a almacenarlas en un improvisado bolso marsupial que deja expuesta tu barriga pero te permite incluso salirte del sendero principal y buscar entre la tierra húmeda y la hierba, justo debajo del castaño, que de cuando en cuando deja caer una de sus cápsulas espinosas a tus pies, y siempre están entreabiertas, coquetas, quieren irse contigo. Las cáscaras de por aquí casi siempre contienen tres castañas; la principal, gorda y saludable, que parece haberle robado los nutrientes a las otras dos hermanitas feas que no llegan a inflarse, soldados de a pie que protegen a la que parece preñada, que brilla más, que parece de madera. Te enlodas los zapatos y las manos, llenas tu camiseta, que luego no volverá a su forma original, pero no importa, y ahora la preñada pareces tú. Emprendes el camino de vuelta, radiante. No has pensado siquiera en hacer algo con todas esas castañas: solo quieres vaciarlas en un platón y contemplarlas, sentir la piel dura, perfecta, con las yemas de los dedos, asegurarte de que no tienen esos huequitos redondos que parecen hechos por un taladro diminuto pero que son la entrada de gusanos blancos. No necesitas ni una sola castaña más: pareces una absurda criatura mitológica, granulosa y pesada. De pronto ahí, oculta bajo unas hojas mil veces pisoteadas, el brillo de una más. Te dices que es la más grande de todas, y te dices también que puede que no sea así, pero que no la puedes dejar, pobre. ¡Pobre! Ella quiere unirse a la preciosa dignidad de ser rec ogida, de ser una de las elegidas. Asoma el rabito, la parte de arriba, que tiene unas astillas que a ti ya te han atravesado la delgada tela de la camiseta y la más gruesa tela del pantalón, picoteándote la castañosa humanidad. Te acercas, a partas las flácidas hojas enlozadas con un pie y te agachas para recogerla, olvidando por un instante la bolsa marsupial, que tenías que sostener con ambas manos. Todas las castañas, medianas, preñadas y enormes, caen y ruedan, se dispersan, se ensucian, se muestran reacias a ser recogidas una segunda vez. Llega la pena como un golpe en el pecho, un vacío en el estómago, ¡todo ese trabajo! Y todas esas hermosas castañas, perdidas. Llega el temblor detrás de los ojos, ¿vas a llorar? Parece que no, que la pena se disipa. Que no tienes recetas para castañas, ni un gusto especial por ellas. Parecen de madera, brillantes, tan hermosas. Sopla un vientecillo otoñal, y tanto el castaño como los demás árboles se agitan sin prisa. Emprendes el camino de vuelta.

  • Muéstrame, no me cuentes

    MUÉSTRAME, NO ME CUENTES Aquí tienen los textos que salieron en el video con ese nombre, para que puedan echar un vistazo con calma. Pueden ver cómo de "contar" una acción, una actitud o una emoción, pasamos a mostrarla, usando descripciones y otros recursos para transmitir algo más al lector. A María le gustaba Ricardo pero le ponía nerviosa. Cuando él llego, los tres se fueron. María lo vio llegar y de pronto la pelea con su madre dejó de tener importancia. Se pasó la lengua por los incisivos para asegurarse de no tener lápiz labial en ellos y trató de asumir la postura más casual que su emoción le permitiera. Ensayó una sonrisa y luego decidió ponerse seria. Carraspeó para no quedarse sin voz cuando él llegara con esos ojos, esa sonrisa, ese paso tan firme… Otra vez estaba sonriendo. Ricardo le tendió la mano y el contacto la hizo contener el aire. Se apresuró a soltarlo para que no creyera que lo retenía más de lo necesario, y los tres se fueron. Me sentía furioso. No podía ni hablar. Sentía el cuerpo caliente y tenía las manos tiesas; no cerradas en puños, por la artritis, sino en forma de garras, y las garras también podían destrozar, arrancar jirones de piel, separar músculo de hueso. Un aura roja me rodeaba y deseé que no se me acercara nadie: el espacio a mi alrededor estaba sembrado de minas antipersonales y estallarían con cualquier mal comentario, con cualquier mal gesto. No podía ni hablar. El hombre de la barra estaba muy impaciente. No se limitaba a tamborilear los dedos en la barra, como es el gesto usual: su pie se movía al mismo ritmo y golpeaba la madera. Por si esto no bastara, comenzó a carraspear; carraspeaba, golpeaba, tamborileaba, y alcancé a ver que incluso alzaba las cejas a un ritmo similar. Miró su muñeca, aunque no vi que llevara reloj, y se cambió de silla muchas veces. Bajó del coche y miró a su alrededor. Esa calle era tétrica. Bajó del coche y miró a su alrededor. Todavía no anochecía y esa calle ya parecía más oscura que el resto de la ciudad. Había gente, pero andaban con las cabezas hundidas entre los hombros, mirando a un lado y al otro como si esperaran que una bestia saliera por la ventana rota de alguno de esos edificios viejos y angulosos, con boquetes en las paredes como bocas abiertas. Se acostó en la cama pero no podía dormir. Estaba pensando en demasiadas cosas. Se acostó y dio un par de vueltas en la cama. Cerró los ojos pero de pronto le daba comezón una pierna, le daba sed, no encontraba la posición más cómoda. ¿Lograrían interceptar la carta antes de que llegara a las manos de Arturo? Qué importaba. Ya no podía hacer nada. Prendió la luz. ¿Hacía calor? Revisó el termómetro: veinte grados. No hacía calor. No había tenido tiempo de revisar el reporte; seguro tenía algún error. ¿Y si la despedían? Más valía que cambiara las sábanas al día siguiente, que estaba sudando muchísimo. Quizá le llegaba ya la menopausia, los bochornos. No podía ser, a sus cuarenta años. Arturo nunca la perdonaría. Una oveja, dos, tres, setenta. El sueño no llegaba. En la fiesta supo que era el hombre perfecto: atractivo, deportista y educado. Durante la fiesta tuvo oportunidad de analizarlo. En primer lugar, le atraían sus largas trenzas canas, con la parte de arriba de la cabeza totalmente calva, los ojillos entrecerrados que le daban un aire de eterna concentración, y la boca oculta por un bigote demasiado largo, que no obstante no le evitaba de alimentarse bien, pues era evidente el deporte que practicaba y ella siempre había tenido algo por los luchadores de sumo. Escuchó, entre otras cosas, cómo citaba a los más importantes filósofos, por lo que dedujo además que era muy educado.

  • De una vez por todas, ¿qué va en cursiva?

    Aquí les dejo la opción de descargar el PDF con el cuadro de qué va en cursiva y qué no. Les repito que no es exhaustivo, que si tienen dudas lo investiguen, y les recomiendo esta guía de uso de cursivas y redondas que también pueden bajar de manera gratuita y legal.

  • NUEVA SECCIÓN MINI-VIDEOS

    ¡Para contarles que tenemos una nueva sección en el canal de YouTube! Son videos de menos de 3 minutos que tratan temas que a todos nos han pasado como escritores. ¡Tu cápsula de reflexión literaria de cada día!

  • LABORATORIO DE NOVELA-Grupo Beta

    Estoy organizando el primer grupo beta para mi laboratorio de novela, en el que un grupo pequeño de gente trabajará sus manuscritos en un periodo prolongado de tiempo, recibiendo retroalimentación de sus colegas, recomendaciones de lecturas y aprendiendo de los errores de los demás y los propios. Estará moderado por mí y la idea es que el grupo esté formado por autores comprometidos con un proyecto que esté, si no terminado, al menos planteado y con páginas que puedan trabajarse. CUPO: 6 personas DURACIÓN (grupo beta): 4 semanas FRECUENCIA: 1 sesión de 2 horas a la semana (8 horas en total) HORARIO: A determinar COSTO: 40 euros o su equivalente. El pago es por adelantado para asegurar un mínimo nivel de compromiso y continuidad en el proceso de aprendizaje. FORMA DE PAGO: PayPal, Transferencia (cuenta en España), Western Union. MECÁNICA DE TRABAJO: El taller será por Zoom (online). La mecánica es así: el participante lee en voz alta un fragmento de 1-5 páginas, mientras los demás leemos el texto en la pantalla. Al terminar, el participante escucha los comentarios de sus compañeros. No discute, no defiende: toma lo que le sirve y desecha lo que no. Yo aportaré un comentario final y pasaremos al siguiente participante. Los grupos son pequeños para que, a lo largo de un mes, cada participante lea y escuche comentarios en dos ocasiones. Si el grupo beta funciona, la idea es tener una lista de espera: si una persona cumple un mes y elige dejar el taller, la siguiente persona entraría en su lugar. Si una persona falta en más de una ocasión, pierde su lugar automáticamente. Pronto publicaré el formulario de inscripción para este grupo beta, y seguramente invitaré primero a los miembros premium de mi canal de YouTube. #escritura #inspiración #metodologíadeescritura

  • ¡Nuevo canal/diario en video!

    Me llena de emoción compartirles este nuevo proyecto: este canal no reemplazará al otro, es adicional y pretende vivir la travesía de la concepción y escritura de mi nueva novela junto con mis suscriptores, publicando videos muy breves con reflexiones, ideas, miedos, inseguridades y todo lo que pasa por la mente de un autor (o al menos por la mía) a lo largo de este proceso tan increíble, desgastante y de montaña rusa como es la redacción de una novela. Espero verles por ahí :-)

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